Han pasado seis meses desde aquella mañana de sábado en la que todo Oriente Medio entró en combustión. Lo que comenzó como un plan diseñado entre Washington y Tel Aviv para hacer caer un régimen iraní en horas bajas ha derivado, medio año después, en un conflicto paralizado y cuya clave navega por las aguas ahora minadas del estrecho de Ormuz.Teherán absorbió el golpe inicial: una campaña masiva de bombardeos que acabó, en las primeras horas de la guerra, con la vida del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei. Pero la cúpula diezmada del régimen respondió con ataques sobre todos los países del golfo que albergan bases norteamericanas y llamó a filas a sus protegidos en la región -Hizbulah en Líbano y los hutíes de Yemen-.El alto el fuego de abril entre Estados Unidos e Irán sirvió para que ambos bandos relajaran sus ataques directos, pero dejó sin resolver el punto irresoluble del que depende buena parte del comercio energético mundial. Tanto Trump como el mando persa pugnan ahora por el control de Ormuz, y las cifras del desplome son elocuentes: de un centenar de buques diarios antes de la guerra, el tráfico ha caído a una media de solo cinco, un descenso del 95%. Un acuerdo interino en junio permitió repuntar hasta veinte barcos al día, pero el restablecimiento del bloqueo estadounidense en julio devolvió el tráfico a mínimos.Irán, por su parte, está herido pero no derrotado. Washington calcula haber destruido 161 buques navales iraníes y neutralizado el 82% de sus sistemas de defensa aérea, y su fuerza aérea -que llegó a volar cien misiones diarias- ha dejado de operar. Aun así, Teherán conserva capacidad de ataque con drones y misiles, y ha logrado seguir golpeando el tráfico marítimo y las instalaciones militares estadounidenses en la región.El propio programa nuclear, principal justificación esgrimida por Trump para la guerra, sigue siendo una incógnita. Los ataques dañaron gravemente tres de las plantas de enriquecimiento conocidas del país y mataron a varios científicos nucleares clave, ampliando el llamado “tiempo de fuga” -el necesario para fabricar una bomba- de seis meses a un año, según estimaciones estadounidenses de mayo. Pero los inspectores de la ONU no han podido regresar a los emplazamientos nucleares iraníes ni verificar el paradero de unos 440 kilos de uranio enriquecido al 60%.Israel, paradójicamente, se ha mantenido casi al margen del choque directo entre Washington y Teherán estos últimos meses. Netanyahu ha insistido durante meses en que su país “está preparado” para volver a la contienda “en cualquier momento”, y su jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha repetido que la guerra con Irán “no ha terminado” y que aún hay “operaciones importantes” sobre la mesa. Pero, sobre el terreno, el frente abierto por Israel ha sido otro: el libanés. Mientras Estados Unidos e Irán se disparaban misiles a través del golfo, el Ejército israelí continuaba su campaña contra Hizbulah en el sur de Líbano, con la milicia chií debilitada tras la ofensiva de 2024 y la caída de su aliado sirio, Bashar el Asad.Ese frente libanés ha empezado, no obstante, a desactivarse por su propia vía diplomática. Israel mantiene aún una zona de amortiguación de unos diez kilómetros a lo largo de la frontera, y decenas de miles de libaneses siguen sin poder volver a sus hogares, pero el mecanismo de retirada progresiva, negociado en paralelo a la guerra con Irán, ha empezado a caminar. Queda por resolver el desarme de Hizbulah, algo que ni Beirut ni Washington saben todavía cómo forzar sin reabrir el conflicto armado.Con Irán, en cambio, Netanyahu ha optado por un perfil deliberadamente bajo de cara a las elecciones del 27 de octubre. La pregunta de fondo, sin embargo, sigue sin respuesta: de la permanencia o la salida de Netanyahu como primer ministro dependerá en buena medida la estrategia que Israel adopte a futuro frente a quien considera su enemigo existencial.Y en medio de todo, la contienda ha tenido su propio cronista involuntario: la cuenta de Truth Social de Trump. Desde el 28 de febrero ha publicado allí más de 300 mensajes sobre Irán, uno cada catorce horas de media. En abril llegó a anunciar un ataque “final” advirtiendo de que “toda una civilización morirá esta noche”; nunca llegó. En junio declaró el acuerdo con Irán “completo” y pidió a los barcos del mundo “arrancar motores”. Y así hasta el día de hoy. Entre un mensaje y otro, el estrecho de Ormuz sigue prácticamente cerrado, y con él, cualquier certeza sobre cómo -o cuándo- terminará esta guerra.Colaboradora de La Vanguardia en Oriente Medio. Anteriormente, pasó por la delegación de El Cairo de la Agencia EFE y el Parlamento Europeo
Ormuz, que pierde un 95% del tráfico marítimo, sigue siendo la clave de un conflicto enquistado
Irán está herido pero no derrotado y, tras seis meses, todavía conserva capacidad de ataque con drones y misiles en el estrecho y a las instalaciones militares estadounidenses en la región






