Después de que millones de personas se echaran a las calles de Teherán en los pasados días para el funeral de Estado del líder supremo iraní, Ali Jamenei, asesinado en los primeros bombardeos lanzados por Estados Unidos e Israel al comienzo de la guerra ilegal del 28 de febrero, un régimen envalentonado ha dejado claro que no va a renunciar fácilmente al control del estrecho de Ormuz, clave en las negociaciones y el memorando de entendimiento sellado con Washington hace tres semanas.

Irán atacó supuestamente varios barcos que navegaban en aguas del estratégico estrecho, cuando aún no habían concluido los actos fúnebres por Jamenei, cuyo féretro fue llevado de Teherán a la ciudad sagrada de Qom el martes, antes de dirigirse a Irak –donde ha sido despedido este miércoles por la comunidad chií del país vecino–. Qatar y Arabia Saudí responsabilizaron a Irán de los ataques contra sus embarcaciones, un tanque de gas natural catarí y otro de petróleo.