Al granoLíderes empresariales, dirigentes parlamentarios, comentaristas y políticos de oposición claman al cielo por esas infraestructuras que nunca llegan: ¿qué pasa?

En El corredor estrecho, Daron Acemoglu y James Robinson exponen con lucidez cómo la centralización del Estado y el fortalecimiento de su capacidad administrativa no surgieron como meros instrumentos de dominación. Con el paso de los siglos, la articulación de un Estado capaz permitió atenuar la arbitrariedad de los dogmas locales y embridar al poder absoluto. Allí donde el absolutismo cedió paso a instituciones participativas y el consentimiento de los gobernados se convirtió en la base de la legitimidad, la administración pública se transformó en la columna vertebral de la modernidad.

Este proceso no fue uniforme ni exento de desvíos. En regímenes autoritarios, la burocracia sirvió —y sirve— como un aparato de control y sometimiento social. Sin embargo, en los países donde la democracia echó raíces, el desarrollo de un servicio civil meritocrático resultó ser una condición indispensable para el progreso.

Inglaterra, con su tradición de función pública imparcial y profesional, o Francia, cuya administración se estructuró bajo los principios del derecho administrativo moldeados fallo a fallo por el célebre Conseil d’État, comprendieron una verdad fundamental: un país no puede desarrollarse sin una burocracia profesional. Estas administraciones se convirtieron en instrumentos clave para dinamizar la economía, proteger los derechos de los administrados y garantizar la continuidad institucional más allá de los vaivenes de la política electoral.