0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialA la novela La broma infinita, que publicó David Foster Wallace en Estados Unidos en 1996, el periodista y crítico literario Antonio Lozano la llama “mamut”. No pretende que este sea para nada un adjetivo despectivo ni que se asemeje con algo pesado. Al contario, la considera una obra “genial” a la vez que “inclasificable”, destinada a ser un clásico, si es que no lo es ya. Sabe, no obstante, que, a más de uno, sus más de 1.200 páginas –entre 1216 y 1224 según las ediciones más comunes – les puede tirar para atrás. Y opina que es una lástima si eso llega a ocurrir. Es por eso que ha decidido escribir El libro infinito (Debate), un pequeño ensayo que no llega a las 100 páginas (en tamaño de bolsillo) y que no pretende más que ser una invitación para animarse a empezar una novela de semejante calibre.“Me consta que son muchos los que abandonan, pero yo la leí entera en su día, aunque admito que al principio me costó, pues hay momentos que estás escalando que parece que te quedas sin oxígeno”, admite Lozano. ¿Qué es entonces lo que hace a uno seguir? ¿Por qué esa insistencia? El autor lo tiene claro: “La genialidad del lenguaje y del propio Foster Wallace como escritor. Hay algo que te deslumbra, que te anima a persistir. Como si él mismo te dijera, ponte la mochila conmigo, la crema solar en la cara, los guantes y los crampones porque vas a picar piedra pero, aunque te cueste, al final hay recompensa. Y, poco a poco, vas subiendo la montaña. Te cuesta al inicio, pero cada X tiempo vas teniendo pequeños premios que te llevan a pensar y al final del libro ves que hay un mensaje, que es la necesidad de conexión. Muchos personajes están destrozados pero, al final, hay una cierta luz”.Para los que no hayan tenido el placer de adentrarse todavía en el magnum opus del autor, Lozano admite que no es fácil hacer una sinopsis completa, pues incorpora muchas intrahistorias y cuatro narrativas principales interlazadas. Una estructura compleja aunque existente que la ha convertido en “la novela más analizada de las últimas tres décadas”. En todo caso, el lector lo que hallará en sus páginas es una ficción crítica y reflexiva sobre la adicción, el consumismo y la soledad de la sociedad norteamericana, con protagonistas tan variopintos como un grupo marginal de quebequenses radicales o los estudiantes de una academia de tenis, sin dejar de lado a la familia Incandenza, núcleo central de la trama.Muchos ven a Foster Wallace como un visionario. “Anticipa el streaming, los filtros de las fotos, la esponsorización, ya que los años están patrocinados, como el año de la hamburguesa Whopper o el Año del Parche Transdérmico Tucks… ¿No recuerda acaso eso al Spotify Camp Nou? También temía que algún día existiera el porno virtual porque decía que la gente se metería en ese mundo y no querría salir nunca. Y ese momento ya ha llegado”, constata. De hecho, lo que ha llegado y que tanto advirtió el autor es la distracción masiva. “Lo empezó a ver con la televisión, de la que él mismo se consideraba adicto, y con la llegada de Internet a las casas, que justo coincidía con el momento de publicación de la obra”.El escritor David Foster Wallace Star Tribune via Getty Images / GettyUna de las preguntas que resulta inevitable hacerse es si esta novela habría podido nacer hoy. “Sería difícil, no solo por la exigencia que requiere, sino por los costes de producción enormes que tiene imprimir tantas páginas. El editor de Little Brown, Michael Pietsch, consiguió que eliminara cerca de 250 páginas de manuscrito. Y todavía podría haber quitado más, pues no es un texto perfecto. Además, no es tan fácil que hoy se apueste, teniendo estos costes, por literatura experimental rara o, cuanto menos, diferente. Dicho esto, hay que aprovechar que la tenemos y que se sigue vendiendo como años atrás”.Lo que también resultaría complicado, según Lozano, es “que Foster Wallace se convirtiera en la rock star que llegó a ser, llegando incluso a cambiar de número de teléfono, como le ocurrió. Que eso pase hoy en literatura no diré que es imposible, pero sería casi un milagro. De todas formas, no hay que perder la esperanza”.Lara Gómez (Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna y está especializada en cultura y género. Aunque lo intentó, nunca llegó a aprender alemán. Su gran pasión es escribir, por lo que todo aquello que ve es material sensible para transformarse en un pequeño relato o en un guion. Sueña con cubrir los Oscars in situ.