EntrevistaEl autor español habla de su nueva obra, Ese imbécil va a escribir una novela, en la que el protagonista juega con los límites de la realidad.En su último libro, Millás mezcla la autoficción, el humor negro, el misterio y la memoria. FOTO: JEOSM Foto: Jeosm18.07.2026 10:01 Actualizado: 18.07.2026 10:01
Juan José Millás es un buscador de extrañezas. En sus novelas, en sus reportajes, en sus columnas, este escritor —nacido en Valencia, España, hace 80 años—pone su mirada en el lugar menos pensado, en ese punto que para los demás es inusual. Millás no se queda nunca con lo obvio. Autor de novelas como El mundo, La mujer loca, Lo que sé de los hombrecillos o La vida a ratos, es reconocido también por sus textos de no ficción, la mayoría publicados en el diario El País, y reunidos en libros como Vidas al límite.Su última obra, "Ese imbécil va a escribir una novela" (editada por Alfaguara), nació precisamente de un reportaje frustrado. Su protagonista, curiosamente también llamado Juan José Millás, y curiosamente también escritor, está en busca de un tema para escribir su último reportaje. En medio de esa indagación, entra en una trama en la que aparecen elementos claves de la narrativa del autor español: los límites de la realidad, la identidad, la paradoja, la duplicidad. Y claro: el humor. El particular humor de Millás. La novela comienza con un episodio fuera de lo normal que vive el protagonista durante su infancia y que será decisivo para el resto de su vida. Esa búsqueda de la extrañeza es algo recurrente en sus personajes, forma parte de su escritura...No se puede escribir si no tienes esa extrañeza respecto al mundo. Se empieza a leer precisamente por eso: porque el mundo te produce extrañeza. Y se empieza a escribir por esa persistencia, también. Por esa perplejidad que te produce y cuya única salida es la escritura. En el mundo, continuamente, hay grietas y cuestiones que te obligan a hacerte preguntas. Alguien que tiene con la realidad una relación de acuerdo absoluto no necesita escribir, porque no percibe esa fragmentación. Lo que hace la escritura, en cierto modo, es unir los fragmentos y darles forma.Parece que cada vez nos preguntamos menos, que la mirada se va menos hacia esas extrañezas. ¿Será que ahora todo se quiere muy molido, muy fácil de entender?La verdad es que no lo sé. La realidad nunca había tenido tal aspecto de decorado como lo tiene hoy. Si es cierto que ahora la gente pregunta menos, será porque ese decorado está muy bien hecho. Eso significaría que la simulación está bien elaborada.Hay otro tema presente en esta novela y que también ha sido fundamental en su obra: la dualidad, la posibilidad de ser uno mismo y, al mismo tiempo, ser otro. ¿Es algo que lo ha acompañado siempre?Sí, pero es una cosa tan cercana que me cuesta explicar. La sensación de estar acompañado de ese otro con el que hay un trasvase continuo. A veces soy yo, a veces soy él. Nos vamos cambiando de lugar, como con vasos comunicantes. Nos vamos equilibrando. Esto es algo relativamente frecuente en los niños, con el amigo imaginario, con el que intercambian experiencias y, en ocasiones, su identidad. Yo hablo de ese otro en esta novela precisamente a través de una experiencia infantil, que era la de tener dos cabezas, una de ellas invisible.En el libro también es clave un reportaje que el protagonista escribe sobre la vejez. Un texto que usted había hecho para el diario ‘El País’, pero que al final los editores decidieron no publicar. ¿A partir de esa situación surgió esta novela, o ya la tenía en mente?Surgió después de ese episodio. Me llamaron para que escribiera un reportaje sobre el tema que quisiera. Lo envié, pero de alguna manera lo rechazaron. No me lo dijeron así, tan claramente, pero insinuaron que no les había gustado. No pasa nada porque un reportaje no se publique. Pero luego le quise dar vida en la novela, me di cuenta de que encajaba perfectamente. Por eso suelo decir que, en cierto modo, este libro es el resultado de un fracaso: el de no haber encontrado un tema lo suficientemente atractivo para un reportaje. Y es curioso que ese texto sobre la vejez, que en la novela ocupa solo unas pocas páginas, es una de las partes que más ha llamado la atención de los lectores. Me pregunto cómo ha despertado tanto interés, si casi fue rechazado por el periódico. Usted ya había tratado este tema, por ejemplo, en los libros que ha escrito junto al científico Juan Luis Arsuaga. ¿Cree que deberíamos pensar más en la vejez hoy en día?La percepción es que los viejos estorban, que son un gasto inútil, ¿no? Desde que soy pequeño llevo oyendo hablar de sociedades en las que los viejos son venerados, en las que su consejo se estima mucho, para las que su experiencia resulta muy importante. Pero en la práctica nunca lo he visto. La idea general es esa: que tardan en morirse y que son un gasto. En España, durante la pandemia, murieron en Madrid siete mil y pico de ancianos prácticamente abandonados en las residencias. Eso habría sido un escándalo si hubiera sido gente de 40 años. Sin embargo, la percepción es que bien muertos están. Siete mil pensiones menos por pagar. Es una situación que lamentablemente se repite en muchos países de formas distintas...Hace años en Japón una ministra de economía se quejó en público de eso, precisamente, que los viejos tardaran tanto en morirse. El Juan José Millás de la novela anda en busca de una historia para escribir su último reportaje y en un momento dice: “ahí hay un tema”. ¿En qué momento siente que se encontró con algo sobre lo cual escribir? Porque sus textos periodísticos no suelen centrarse en lo obvio...Esa frase de “ahí hay un reportaje” la decimos mucho. Es como si siempre estuviéramos en la búsqueda... ¿Cuándo lo siento? Pues no lo sé. Sí sé que desconfío de los reportajes que exigen mucho aparato, que exigen viajar mucho, documentarse mucho. Me atraen especialmente las cuestiones de orden doméstico. Por ejemplo, uno de los reportajes que más me gusta de los que he escrito y publicado es Biografía de una mosca. La vi nacer en un laboratorio y me la llevé a mi casa. Como una mosca vive treinta días, era fácil escribir su biografía. Era cuestión de estar con ella ese periodo, observándola, viendo su evolución cada día y cada hora. Ese es, aparentemente, un asunto pequeño, doméstico, y salió muy bien. De hecho, como todavía estoy pensando en despedirme de ese género, siempre pienso que debe ser con un gran reportaje sobre un tema pequeño. Pero no acabo de dar con él.Además de reportajes, usted escribe columnas. En el diario ‘El País’, de España, por ejemplo, publica dos a la semana. Una de ellas dedicada a reflexionar sobre una imagen, una fotografía. ¿Cómo se siente con el género del columnismo?Para mí el periodismo, en general, ha sido un ejercicio muy estimulante. Es curioso cómo en el periódico —que es un medio de comunicación de masas cuya voluntad, por tanto, es llegar a la mayor cantidad de gente posible— me han permitido experimentar. Bueno, será porque los textos han funcionado. En el terreno del periodismo he experimentado mucho y he llevado todo eso a la novela. No ha sido al revés. Por otro lado, ten en cuenta que a ti nadie te manda hacer una novela. Y escribir es durísimo. Las coartadas que uno se busca para dejarlo para el día siguiente son enormes. En cambio el periódico tiene una ventaja: si tienes que entregar el viernes, tienes que hacerlo ese día. Sin excusas. Jamás he fallado en mi cita con las columnas. Incluso cuando murieron mis padres encontré el momento para terminarlas. Escribo cinco a la semana para diferentes periódicos. Es una condena que adoro. ¿El proceso de escritura de esta nueva novela fue diferente en algún aspecto, en relación con las anteriores?Fue muy distinto. Es una novela muy diferente, rompe un poco con lo anterior. Creo que es muy musical, con una prosa muy medida. No es que sea poesía, pero sí tiene una carga retórica que es distinta. Y también es distinta por el modo aparentemente casual en el que suceden las cosas. Van pasando por una suerte de sincronicidades ‘jungianas’, y conduciéndose unas a otras. Esto tiene que ver con el hecho de que cuando alcanzas cierta edad vas viendo la vida un poco como se ve Manhattan desde el Empire State. Desde arriba, ves todas las calles y te parecen un mapa. Ambas cosas se confunden en una. LEA TAMBIÉN Hasta las novelas anteriores, yo escribía mapas de la vida. En esta, el territorio y el mapa son la misma cosa. Porque observas la vida desde esa altura. Habla de Jung y, de hecho, en la novela el personaje principal va a sesiones con una psicoanalista. La presencia del psicoanálisis es muy frecuente en la ficción. ¿Le parece un mundo que encaja bien con lo literario?Los psicoanalistas, en general, son personajes muy literarios. Entre otras cosas porque el psicoanálisis tiene mucho de literatura. Es más, yo creo que el psicoanálisis y la literatura persiguen lo mismo por diferentes caminos: buscan qué hay detrás de las apariencias, o qué rayos significan los fragmentos que las componen. En ese sentido, una sesión de psicoanálisis normal e involuntariamente es una sesión muy literaria. Claro, están muy basadas en el lenguaje...Recuerda que una de las razones por las que Freud se separó de Jung fue porque tenía miedo de que sus teorías se consideraran más literarias que científicas. Y como Jung iba más por ahí, no lo pudo soportar. No sé si Freud merezca pasar a la historia de la ciencia, pero desde luego sí a la de la literatura. Era un gran escritor. Mira el modo en que cuenta sus casos. Son verdaderas novelas. Hasta sus pies de páginas son un relato, o el comienzo de un relato. Para terminar, hablemos de otro componente que es clásico en su obra y que, por supuesto, está en su nueva novela: el humor. ¿Es algo calculado, medido, o aparece de forma natural?Es un efecto colateral. No es algo que yo busque. Supongo que es el resultado de las fórmulas narrativas con las que me acerco a los sucesos. Sobre todo de la ironía y la paradoja. Pero no lo persigo, es algo que se produce y que a mí, incluso, me sorprende. Esta es una cosa que he empezado a confesar hace muy poco, antes no lo decía: cuando yo era más joven y alguien me comentaba que se había reído mucho leyendo una novela mía, me molestaba. No entendía para nada de qué se reían. Me parecía que era muy grave lo que estaba contando como para reírse. Luego ya me acostumbré a ello y fingí que no me incomodaba. Pero todavía me molesta un poco. Porque es algo que no busco y que tampoco sé por qué diablos se produce.Yo creo que el psicoanálisis y la literatura persiguen lo mismo por diferentes caminos: buscan qué hay detrás de las apariencias, o qué rayos significan los fragmentos que las componen Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.






