Encumbrada como la gran novela estadounidense de los noventa, cayó en desgracia arrastrada por las acusaciones de malos tratos a su autor, y ahora es reivindicada por jóvenes escritoras que descubren su “exquisita humanidad”

Este mes se cumplen 30 años de la aparición de La broma infinita, una de las novelas más influyentes de la década final del siglo XX, que ahora Random House reedita en España, con la que David Foster Wallace dio vida a una forma radicalmente nueva de entender el arte de narrar. La acción transcurre en un futuro que viene a coincidir con nuestro presente. Sus dos escenarios principales son la academia de tenis Enfield y Ennet House, un centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos, en los alrededores de Boston. En lugar de cifras, los años se denominan conforme a los nombres de corporaciones que los patrocinan.

La novela es una crónica desoladora del malestar de la sociedad estadounidense y un retrato demoledor de la cultura del entretenimiento bajo las formas más salvajes del capitalismo tardío. Bajo los auspicios de un cantante que, instalado en la Casa Blanca, anexiona México y Canadá, las siglas EE UU son sustituidas con intención obvia por las de ONAN (Organización de Naciones de América del Norte). El tema central es la soledad que padece el individuo, que aplastado por unas estructuras que controlan los recodos más íntimos de su existencia, sucumbe a toda suerte de adicciones, intentando desesperadamente conectar con los demás. Con más de 100 personajes, 1.200 páginas, y un aparato de 400 notas al pie de gran extensión, La broma infinita es una obra estética e intelectualmente rigurosa y exigente. De una profunda humanidad y momentos que oscilan entre la lucidez, la desolación, la esperanza, la comicidad y un deslumbrante dominio del lenguaje y las técnicas narrativas, no es extraño que su influencia se siga sintiendo con fuerza hoy.