Los espléndidos relatos reunidos en el último libro del escritor extremeño, ‘Coloquio de invierno’, suman nuevos antihéroes a su obra: criaturas caracterizadas por la irónica humanidad, entre la compasión y la condescendencia, y entre la perplejidad y la risa
La última lección del múltiple magisterio narrativo de Luis Landero —cuando menos, el forjado de sus criaturas imaginarias, la arquitectura del relato y la jugosidad de la prosa— se llama Coloquio de invierno<...
/a>. Durante tres noches de enero de 2021, entre el 8 y el 11, siete personajes se ven atrapados en un hotelito de montaña a causa de la borrasca Filomena. Aislados por la nieve, a la espera de ser rescatados, deciden entretener las veladas hablando: van a contarse historias reales o inventadas, vividas u oídas, como en la casa de Fiesole en el Decamerón de Boccaccio o la venta de Juan Palomeque en el Quijote.
Los recluidos, a los que se une la pareja de hosteleros, restituyen a la narración oral su ancestral poder de anonadamiento y su capacidad para capturar con matizada sutileza los más variopintos destinos humanos. Entre ellos los de la inmensa y anónima mayoría de la “entrecana zona media”, donde la anodina monotonía del ir viviendo es desbaratada de pronto por un instante único, mágico y sublime o siniestro y oscuro. Todos, narradores y oyentes, interrumpen y glosan los relatos ajenos, comentan el valor ejemplar de las historias o el modo más eficaz de contarlas.






