En el último de una de sus colecciones de relatos, La niña del pelo raro, escribe David Foster Wallace que “todos tenemos nuestros pequeños delirios solipsistas, intuiciones espectrales de singularidad absoluta: que somos la única persona en la casa que rellena la cubitera de hielos, que descarga el lavavajillas limpio, que a veces mea en la ducha, cuyo párpado tiembla en las primeras citas; que solo nosotros nos tomamos lo casual terriblemente en serio. […] Que solo nosotros amamos el solo-nosotros. Que solo nosotros necesitamos el solo-nosotros. El solipsismo nos vincula. Que nos sentimos solos en la multitud; no nos paramos a pensar qué ha hecho que esa multitud exista. Que somos, siempre, caras en la multitud”.
Menos mal que es así. El otro día leí un comentario bajo una de mis columnas de las pasadas semanas: venía a expresar cierto descontento sobre cómo, en agosto, sobre todo, los periódicos (también este) tendían a llenarse de banalidades, intuyo que por apartarse de temas políticos o de actualidad. Todo periódico ofrece, por suerte, un amplio abanico donde elegir. Pero me inquieta pensar —porque me tomo lo casual terriblemente en serio— que haya quien no vea lo banal como algo extraordinariamente importante; sospecho, en realidad, que algunos de los males de la política en 2026 tienen que ver con la ausencia de lo banal y casual en política, con formas de seriedad radical. Me explico.







