Las imágenes de los incendios que avanzaban por el sur de Europa no paraban de aparecer en los periódicos o en la pantalla de mi móvil. Un amigo desde Burdeos me escribía diciendo que, por fortuna, la zona de él no se había visto afectada. El humo había hecho que el aire fuera difícil de respirar, pero las llamas se habían detenido a unos 15 kilómetros de la ciudad. “Estamos en el Macizo Central, a 1.000 metros de altitud, respirando el aire fresco de montaña. ¡Nos sentimos auténticos refugiados climáticos!”, escribió. Esa misma mañana leía otro titular: Europe in Flames. Un incendio amenazaba con volver a expandirse por el sudoeste de Francia, tres bomberos morían en Grecia y el fuego arrasaba violentamente hectáreas en Ávila, Madrid y Toledo. Los equipos de emergencia combatían una combinación implacable de calor, sequía y vientos.Alarmado por estas noticias y recordando el libro Las emociones de la Tierra (MRA Ediciones), de Glenn Albrecht, contacté con el filósofo ambiental australiano. Él es el creador del término solastalgia, neologismo que combina solace (consuelo) y nostalgia para describir el sufrimiento asociado a la devastación ambiental. Lo define como “el dolor o la angustia provocados por la pérdida de consuelo y la sensación de desolación vinculadas al estado actual del propio hogar”. Es una distinta de la nostalgia, que implica añorar un lugar lejano. En la solastalgia, uno sigue viviendo en su territorio, pero pierde la capacidad de reconocerlo. Cuando el orden de nuestro mundo es destruido por fuerzas ajenas a nuestro control, el entorno mismo se convierte en una fuente de “nostalgia sin objeto”.Las llamas no solo transforman un paisaje hasta volverlo irreconocible. También erosionan algo difícil de cuantificar, aunque esencial: su atmósfera. No únicamente el aire, sino también los olores que se desprenden tras la lluvia, el canto de los pájaros al amanecer, los senderos que han sido recorridos durante décadas, las historias asociadas a un árbol, una colina o un río… Todo aquello que proporcionaba orientación y continuidad biográfica se altera. El lugar, que antes resultaba familiar, se vuelve inquietantemente extraño e inhóspito. Albrecht hizo hincapié en que, para aquellos que tienen la fortuna de sobrevivir a un incendio, la herida principal no radica en el suceso en sí, sino en el impacto duradero de retornar a un entorno transformado y en la experiencia cotidiana de habitar un paisaje que ya no refleja la historia, la identidad ni los vínculos emocionales de sus habitantes.Los efectos de la degradación ambiental causada por el cambio climático afectan desproporcionadamente a los pueblos y comunidades indígenas. Los modelos tradicionales de trauma resultan insuficientes para comprender el sufrimiento asociado a la devastación ambiental en estas poblaciones, por lo que debemos replantearnos la forma en que entendemos el trauma y escuchamos los relatos de sufrimiento. Cuando la tierra constituye el fundamento de la identidad, la violencia ejercida sobre ella también provoca una herida psicológica: el dolor no solo deriva de la pérdida, sino también de la impotencia, del sentimiento de injusticia y de la inevitabilidad del desastre. Para alcanzar una sanación profunda, es fundamental reconocer que estos territorios han sido devastados.Necesitamos neologismos como solastalgia, ecocidio, biofobia, toponesia o meteoroansiedad —que se alinean con los tiempos actuales— para nombrar estas experiencias. Albrecht sostiene que el nuevo estado de la Tierra requiere un vocabulario emocional acorde. Esta propuesta no es meramente académica. Como observó Ludwig Wittgenstein, el filósofo del lenguaje: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Si carecemos de palabras para nombrar ciertas formas de sufrimiento, nos resultará más difícil comprenderlas y responder a ellas.En El hombre y sus símbolos (1964), Jung advertía que habíamos perdido nuestra conexión emocional con los fenómenos naturales: “Estos han ido perdiendo paulatinamente sus connotaciones simbólicas. El trueno ya no es la voz de un dios airado ni el rayo su proyectil vengador. Ya no hay espíritus en los ríos, árboles que representen la vida de una persona, serpientes que encarnan la sabiduría ni cuevas en las montañas que sirvan de morada a un gran demonio… Hemos perdido el contacto con la naturaleza y, con él, la profunda energía emocional que esa conexión simbólica nos proporcionaba”.Cuando un paisaje arde, se fractura el vínculo emocional que nos une a la tierra. Al cortarse la red de relaciones simbióticas que sustentan la vida, la pérdida no solo es ecológica, sino que también es una forma de solastalgia. El desafío consiste en reparar esos lazos rotos: a medida que las relaciones simbióticas vuelven al suelo, a los ecosistemas y a los microbiomas que sustentan la vida, es posible restablecer conexiones emocionales que devuelven cierta salud a la psique. Paisajes, raícesEl Llano en llamas es el título de un cuento que da nombre a la célebre colección de relatos publicada por Juan Rulfo en 1953. “Ver caminar el fuego en los potreros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano”, escribe Rulfo. Leído hoy, el relato nos recuerda que muchas de las llamas que consumen nuestros paisajes también tienen raíces sociales, económicas y políticas.
Otro verano de ‘solastalgia’: así es el dolor emocional cuando volvemos a tierra quemada
Regresar a nuestros paisajes cuando estos han sido asolados por un incendio supone abrir una herida psicológica de larga duración: nosotros hemos vuelto, pero lo que conocemos no está







