El titular de este sábado del FT no dejaba lugar a dudas: ‘El desafío económico de Trump: 40 billones de dólares de deuda, hipotecas al 6,7% y el diésel a cinco dólares’. Año y medio después de que el presidente de EEUU regresara a la Casa Blanca, este es su balance económico. Ni siquiera el desempleo ha bajado respecto de enero de 2025 (una décima superior) pese al descenso de la población activa. La tasa de participación civil se encuentra hoy (61,4%) casi un punto por debajo del comienzo del mandato de Trump y es cinco puntos inferior a la que tenía EEUU en 2006, lo que indica que EEUU tiene un problema con su fuerza laboral en plena expulsión de los inmigrantes. Trump, únicamente, ha cumplido un doble objetivo económico: bajar los impuestos a los ricos y levantar un muro arancelario que la economía de EEUU no es capaz de digerir. Entre otras razones, porque alimentada por el populismo ideológico para ganar votos, no ha logrado uno de los ejes estratégicos de su mandato: que las fábricas vuelvan a casa. Y no lo harán por algo que saben muy bien los exportadores, también la industria tecnológica de Silicon Valley, sus aliados estratégicos: producir en México, Vietnam o Bangladesh sigue siendo mucho más barato que hacerlo en Detroit. Incluso, aunque se impongan aranceles del 40% o el 50%. Y es que EEUU, paradójicamente, es hoy víctima del modelo de globalización impuesto por sus últimas administraciones —con el respaldo de los gobiernos europeos de uno y otro signo— en los años 90, desatendiendo a lo que advertían ya por entonces —movilizaciones en Seattle, Praga o Génova— muchos economistas: sin reglas justas, el comercio acabaría por desestabilizar al conjunto de las economías. En particular, castigando a las clases medias de los países avanzados, que han visto cómo cerraban las fábricas, bajaban los salarios y, en general, el sistema económico ya no era capaz de abastecer la demanda de servicios públicos y empleos de calidad, lo que a la postre ha sido capitalizado por los populismos que pululan por el mundo, cada uno con sus propias características. En esto, hay que reconocer, estuvieron más finos. ¿Crisis financiera? En el caso de la actual Administración de EEUU, con una característica adicional fruto de su política fiscal. Pese a los recortes de los programas de protección social, incluida la cobertura sanitaria de Medicaid y la asistencia alimentaria para los pobres, el déficit público sigue siendo imponente: un 5,8% del PIB, lo que explica que en los mercados cotice la posibilidad de una nueva crisis financiera. Los bonos a largo plazo se sitúan ya en máximos de casi dos décadas. No puede extrañar la preocupación debido a que la deuda pública se ha duplicado en apenas diez años, de 20 billones a 40 billones. Lo más singular en el caso de Trump, sin embargo, es su propia incongruencia. Él mismo ha puesto palos en la rueda a su mandato iniciando guerras, como la de Irán, que perjudican a la economía de su país, y lo que no es menos relevante: desacreditan el papel de EEUU en el planeta como garante del cumplimiento del derecho internacional, que fue su principal mandato tras la creación de las instituciones de Bretton Woods, al final de II Guerra Mundial. TE PUEDE INTERESAR La liquidación de USAID, la agencia estadounidense de ayuda al exterior, una de las primeras medidas anunciadas por la Casa Blanca, refleja bien el desorden trumpista y sus propias contradicciones. El cierre de la agencia ha alimentado, valga la paradoja, las hambrunas y las enfermedades en muchos de los países más pobres del planeta, lo que ha acelerado las migraciones, también hacia EEUU, pese a que, como ponía de relieve un reciente artículo del NYT, hasta el segundo mandato de Trump la ayuda estadounidense costaba apenas 23 centavos por cada 100 dólares de ingreso nacional bruto y salvaba una vida, aproximadamente, cada 10 segundos. Hay que advertir, sin embargo, que no solo es un problema de EEUU. La OCDE estima que la ayuda oficial al desarrollo cayó un 23,1% en 2025, lo que representa la mayor contracción anual registrada y el segundo año consecutivo de descenso. Se encuentra, de hecho, en niveles (0,24%) de hace dos décadas. A nadie puede sorprender, por lo tanto, el incremento de los flujos migratorios, sin contar el incremento de los conflictos bélicos o los movimientos de población a causa del cambio climático. Trump no parece haber entendido algunos de los cambios geopolíticos y geoeconómicos que vive el mundo Más allá de las cifras macroeconómicas más pegadas a la coyuntura, lo cierto es que la Administración Trump no parece haber entendido algunos de los cambios geopolíticos y geoeconómicos que vive el mundo y que explican que su política económica esté haciendo agua. El mundo, como comentaba recientemente un analista del WSJ, ha entrado en una nueva era de necesidades crecientes de capital para financiar los centros de datos, la inteligencia artificial o la escalada militar, lo que significa lisa y llanamente una mayor recompensa para los proveedores de capital en términos de tipos de interés. O lo que es lo mismo, los inversores exigen rentabilidades más elevadas, algo que pasa factura a los países más endeudados, como EEUU. Cadenas de suministro Además, y esto es importante, el desmoronamiento del orden comercial internacional liderado por Washington está empujando a otros países a depender menos de las cadenas de suministro transfronterizas, lo que implica que esta relocalización requiera un gasto de capital duplicado y desde luego menos eficiente. En definitiva, peores tiempos para financiar los desequilibrios fiscales. En el caso de EEUU, una subida de un solo punto en los tipos de interés supone un coste adicional de 400.000 millones de dólares. Es probable que Trump no haya leído un libro de historia en su vida, lo suyo son los negocios, pero conviene recordar que EEUU, en el pasado, solo había incurrido en déficits tan enormes en tiempos de guerra o crisis financieras. Hoy, sin embargo, no se da ninguna de ambas circunstancias, lo que hace todavía más singular el comportamiento de la Casa Blanca, que cada vez recuerda más al primer mandato de Reagan, que, embarcado en su guerra de las galaxias para competir con la URSS, acabó como el rosario de la aurora, con unos déficits presupuestarios escalofriantes. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, la reducción de impuestos de Trump añadirá aproximadamente 4,7 billones de dólares a la deuda pública durante la próxima década, lo que hará que el volumen de deuda en manos privadas crezca hasta un 118% del PIB en 2034. TE PUEDE INTERESAR A esto hay que añadir un problema adicional que la Casa Blanca parece obviar con una política de migraciones suicida. El envejecimiento de la población ha llevado a que aproximadamente 10.000 personas de la generación del baby boom se jubilen cada día, lo que, junto a una mayor esperanza de vida, obligará al gobierno federal a destinar cada vez más recursos a la Seguridad Social y Medicare. Estos programas, de hecho, ya se encuentran en una difícil situación, ya que la fuerza laboral no crece en relación con el número de beneficiarios, precisamente por la expulsión y las restricciones a la entrada de extranjeros, cuando los inmigrantes, según algunos estudios, incluso los indocumentados, aportan más de lo que reciben, ya que no tienen acceso a muchas prestaciones sociales. A finales de 2025, unos 62 millones de personas recibían prestaciones de jubilación y de supervivencia de la Seguridad Social, mientras que ocho millones recibían prestaciones por discapacidad. El año pasado, más de 69 millones de personas estaban inscritas en Medicare. A esto hay que añadir un problema adicional que la Casa Blanca parece obviar con una política de migraciones suicida EEUU lo financia con deuda, y aquí está, precisamente, la madre del cordero de lo que está pasando. Frente a lo que ha sucedido en el pasado más reciente y también en el más lejano, la deuda de EEUU ha dejado de ser para los inversores una deuda segura por la que estaban incluso dispuestos a pagar un suplemento, habida cuenta de la enorme profundidad de su mercado de bonos. Es decir, el mito comienza a resquebrajarse y solo el dólar, por su hegemonía en el sistema cambiario, sostiene el castillo financiero que Trump, con sus políticas fiscales, está agrietando. Es lo que tiene cuando se vota a los mentirosos. La deuda de EEUU, ver para creer, es hoy un activo de riesgo. Con razón, como dicen algunos, lo mejor que se puede hacer con el populismo es dejarlo gobernar, aunque el coste a corto plazo sea elevado.