Fui a la óptica y salí con presbicia y unas gafas de cerca. Ya puedo decir alto y claro que, por fin, soy una señora. En consecuencia, le estoy cogiendo afición a las cafeterías de hotel fino. Ahora que veo con claridad y nitidez por primera vez en mucho tiempo, me he dado cuenta de que las cafeterías y bares de hotel fino de las grandes urbes cosmopolitas no son espacios selectos de uso restringido para urbanitas y adinerados, sino áreas de descanso para salvajes y pueblerinos. Un lugar perfecto en el que parar, atar el mulo y descargar los fardos para ser recibido, después de meses triscando por valles y montes, luciendo ramitas en el pelo o unas patillas en las que podría perderse una cabra, con honores de rico heredero. Sólo cruzar el umbral, los cortinajes espesos de aire helado le colocan a una el flequillo en su sitio. Afuera queda el salvaje oeste, la jungla de asfalto, la lucha por la supervivencia —o por una mesa libre—, a 42 grados a la sombra de un parasol promocional, y una silla metálica, extrañamente húmeda, que baila. Con la nuca a diez centímetros de los bufidos de hidrocarburos y los berridos de los tubos de escape, a merced de los ataques de las palomas y las deyecciones de los gorriones, el montaraz, mientras espera ser atendido, puede entretenerse jugando a identificar a las especies que pasan por el canto y el colorido: “¡Mira, un Ibiza del 2007!”, “¡Mira, una gaviota desgarrando el ala de una paloma atropellada!”. Al fin y al cabo, ocupa un puesto de observación privilegiado ante una experiencia de primerísima división. La mayor parte del gentío que le rodea —empuja, grita, pisa— no tiene su suerte y se ve obligada a coger aviones y barcos para poder gozar en agosto, por quince euros más el diez por ciento adicional de servicio en terraza, de una caña de cerveza desbravada, una bolsa de patatas chips y el derecho a usar el baño, con el bolso y la mochila a cuestas y sin papel, en pleno centro, en el flow de la vida callejera y viajera, en el meollo. El refugio está a unos pocos metros. El salvaje aturullado se acerca, dubitativo, y se para en el umbral de cristal y mármol. Ve el cielo en el suelo. Cree que los sentidos le engañan, que lo que ve es un espejismo. Pero el oasis es real y está ahí para acogerle. Y entra. Aquí es primavera. Se le eriza la piel —¿por el aire fresco?, ¿por la potencia del wifi?—, y aunque está perdido, no se siente solo. Dondequiera que mira, pequeñas placas relucientes con tipografía elegante en bajo relieve le conducen, mecido en una nube de esencias cítricas con notas de jazmín y de té blanco, al baño por aquí, al jardín interior por allí, a la cafetería por allá. Un camarero vestido de lino blanco sale a su encuentro y le acompaña no a su silla, sino a su sillón acolchado. Piensa en lavarse las manos, para no ensuciar la servilleta mullida y serigrafiada, y por un segundo frunce el ceño. “No se preocupe por sus enseres, aquí no hay nada desatendido”. Y se abandona finalmente a la tranquilidad. Está a salvo. De camino al servicio, no ve ni un ala. Como fauna, sólo un pequeño pequinés que, en el regazo de una dama, toma una infusión orgánica de limón, jengibre y remolacha, a pequeños lametones, de la cucharilla que sostiene su dueña. Ya en el baño, frente al espejo, al son de Blue in Green de Miles Davis, se seca las manos con una toalla de tela densa y suave, que deja en un cesto de mimbre, y se pregunta si es posible que aquel papel higiénico fuese de siete capas, y no de cuatro, y si existen límites conocidos a la comodidad. Con las gafas nuevas, repaso la carta de infusiones, cócteles, pasteles, bocadillos y fruslerías de todo tipo sin esfuerzo. Una porción de tarta de mousse de chocolate y avellana con galleta de mantequilla y naranja y una taza de té me costarán quince euros.
Las cafeterías de hotel: un oasis para pueblerinos y señoras (como yo)
Sólo cruzar el umbral, los cortinajes espesos de aire helado le colocan a una el flequillo en su sitio. Afuera queda el salvaje oeste, la jungla de asfalto, la lucha por la supervivencia —o por una mesa libre—, a 42 grados a la sombra






