Detrás de las barras, los centinelas de la comunidad, aquellos que llaman a la gente por su nombre, forman una red invisible que salva a muchos de quedar definitivamente solos

Son las diez menos cuarto de la mañana y estoy de pie en la barra de un garito ruidoso y maltrecho en el que no he estado nunca, en el centro de una gran ciudad. Espero a que el camarero tenga un segundo y me vea, para pedirle un café, pagar y marcharme, a lo que entra de repente un señor al grito de “¡un trifásico de Ballantines!”, y desaparece. Pocos segundos después, vuelve a entra...

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r en el bar y rectifica, en un tono más suave, “mira, no. Ponme un chupito de JB, que el café a estas horas me sienta mal”.

El camarero, hasta ahora de espaldas, se gira, levanta la vista, sonríe y, en vez de alargar el brazo hacia la botella de whisky, se marcha a la cocina, de donde vuelve con una bolsa de plástico que parece contener una fiambrera. La posa en la barra y se dirige a Antonio, el señor de la comanda cambiante: “Oye, ¿no vive Montse en tu bloque? Viene cada miércoles a comer macarrones y hace un par de semanas que no le vemos el pelo. Ayer le guardamos un par de raciones. ¿Te podrías pasar por su casa y picar a la puerta, a ver si todo va bien?”. Entonces me ve. Le pido un café solo, por favor. Él carga el mando de dos tazas de la cafetera y sirve en la barra dos cafés solos: uno para mí y otro para Antonio.