Algunos viven entregados a alimentar el cognitivo puro y a ensalzar los batidos proteicos, los alimentos con superpoderes, mientras late el desprecio por el placer de sentarse a la mesa
Son las seis de la mañana y me levanto sola en una cama que no es mía. Estoy en París por trabajo, en casa de un editor francés que me cede su apartamento para pasar la noche. En cuatro horas cojo el avión de vuelta a casa. Me he lavado la cara y los dientes a la luz de una lamparita. Voy a la cocina. Desde la otra punta del pasillo, un gato negro y gordo, de nombre Claude, me observa. Abro cajones y armarios. Trato de situarme. No encuentro café por ningún lado. ...
La nevera está prácticamente vacía. Dentro no hay más que una manzana, una remolacha, salsa picante fermentada y pepinillos en vinagre. Debajo del fregadero hay un carrito repleto de tarros y sobres abiertos de especias, curris, tés y condimentos. Huele a polvo y al óxido de los contenedores de carga de los grandes barcos chinos del puerto. En un estante, muesli ecológico de tres tipos. Encima de una mesita, una “Instant Pot” hermética, electrónica. Salgo de la cocina y choco con una pequeña repisa donde espera un frasco de píldoras de “performance cérébrale” para mejorar las capacidades mentales. Dos al día aumentan la concentración y dan estabilidad cognitiva, dice el fabricante.






