Actualizado a las 22:23h.
Y Morante se olvidó del cuerpo mientras los toros de Cuvillo perdían la memoria de la bravura y la presidencia convertía una plaza de primera en una de tercera. Vayamos por partes, toro a toro. Qué lección de valor del sevillano al primero. De bárbara ... quietud con un animal reservón y escarbador, algo cuesta arriba, uno de los más descarados con los que se ha topado esta temporada. Tenía Aguilillo la virtud de la obediencia y de colocar la cara en su medio recorrido, exprimido hasta la última gota por el de La Puebla. No tendría la faena la limpieza deseada, pero hubo muletazos sensacionales, toreando con el pecho, asentadísimo y pasándoselo más cerca que nadie. Tan confiado que tras un pase de pecho, con la muleta en la zurda, el de Cuvillo lo prendió por la pierna de fea manera, milagrosamente sin hundirse el pitón en la carne y sin ensañarse con el torero cuando yacía en la arena. Por ese lado regresaría a la cara del cuvillo, más valiente todavía, más aplomado aún, en una labor de largo metraje, abrochada con esa caricia a la testuz. Cosas de las plazas: no consideró suficiente el palco la petición de oreja, quizá por el derrame que provocó el acero, cuando en esta feria se ha regalado alguna que otra oreja (y más comparado con lo que vendría después).






