Durante casi dos décadas, los gobiernos se han acostumbrado a financiarse casi gratis. Desde la crisis financiera, los inversores parecían decididos a ignorar los elevados déficits públicos y unos niveles de deuda pública que superan de lejos el 100% del PIB en las grandes economías. Lo importante pasaba por recuperar el crecimiento tras el desplome de la actividad del sector privado en 2008 en un entorno, en general, de inflación controlada. Esa época puede haber llegado a su fin.El coste de la deuda a largo plazo de las principales economías ha alcanzado esta semana máximos en casi dos décadas. El bono estadounidense a 30 años llegó el martes a pagar el 5,33%, su nivel más alto desde 2007; la rentabilidad de la deuda alemana (3,78%) está en máximos desde la crisis de la eurozona de 2011; los bonos franceses (4,9%), en niveles de 2008, y el Reino Unido aproximándose al 6%. Mientras, la deuda española a 30 años cotiza en máximos de un año, en el 4,42%. Es en los plazos largos donde mejor se percibe la confianza hacia las políticas fiscales. Cuando el rendimiento de la deuda soberana a 30 años sube a la vez en las grandes economías no asistimos a un movimiento coyuntural del mercado, sino a un mensaje estructural de los inversores. Se está poniendo en duda la capacidad para enderezar las cuentas.Los bonos a 30 años han mostrado una clara tendencia al alza desde el inicio de la guerra con Irán. El aumento de los precios de la energía hace temer que las tensiones inflacionistas hayan llegado para quedarse, lo que obligará a los bancos centrales a embarcarse en una etapa de subidas de tipos de interés. A los gobiernos les ha salido, además, competencia por captar el ahorro global. Las grandes tecnológicas están acudiendo masivamente al mercado para financiar la construcción de centros de datos, de chips y la energía para fabricarlos. Los inversores hacen valer su dinero. La demanda por ese ahorro no va a decaer, con los Estados embarcados en programas millonarios de inversión en defensa, en inteligencia artificial y la transición energética. Para intentar contener el coste de la deuda, el Tesoro de EE UU daba este miércoles un giro en su estrategia de recompras apenas dos semanas después de su presentación y anunciaba que duplicará las compras de deuda de largo plazo con el fin de apoyar la liquidez. Es difícil pensar que esa medida vaya a tener un impacto real en el mercado: duplicar las recompras de 2.000 a 4.000 millones de dólares por operación resulta casi testimonial cuando solo en julio el déficit federal de EE UU rondaba los 432.000 millones. Aunque los movimientos del mercado no muestran por ahora pánico vendedor, sí evocan momentos de un pasado no tan lejano de gran tensión para la deuda y de riesgos para la estabilidad financiera que los gobiernos harían bien en no ignorar.