El fuerte crecimiento económico inyecta confianza en los mercados, pero el apalancamiento sigue siendo elevado

Hubo un pasado, no tan lejano, en el que las estadísticas sobre la deuda pública solían ir acompañadas de terminología fatalista: rescate, corralito, quiebra… Y no era para menos. En 2012, en plena crisis de la deuda soberana europea, la actividad económica no levantaba cabeza, tanto el sector privado como el público estaban asfixiados, los ataques especulativos en los mercados eran constantes y el precio de la financiación rozaba máximos. Hoy, cerca de una década después, esa sensa...

ción de angustia se ha atenuado, aunque España está, en volumen, el doble de endeudada que entonces. ¿Qué ha cambiado para que una cantidad tan abrumadora de pasivo ya no sea sinónimo de riesgo inminente? Las razones son múltiples, pero la respuesta podría resumirse en que ahora hay confianza en que el país puede pagar sus compromisos financieros.

Reflejo de ello es que la prima de riesgo, la variable que indica la confianza de los inversores en un país —mide cuánto más caro le sale a un Estado financiarse comparado con el bono a 10 años de Alemania, el emisor más seguro de la eurozona—, está en cotas históricamente bajas. Se mueve por debajo de los 60 puntos, lejos de los más de 600 que tocó en los peores momentos de la Gran Recesión y por debajo del nivel de Francia, inmersa en una crisis presupuestaria y de gobernabilidad.