Los países han disparado el dinero que deben a los mercados, poniendo en riesgo sus propias políticas de gasto en un mundo cada vez más inestable
Sabemos que el mundo se ha vuelto amenazante. Los responsables de las finanzas globales ya no utilizan frases tranquilizadoras como aquella de Mario Draghi —el “whatever it takes”— para salvar el euro en 2012. Al contrario. La semana pasada, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) hablaba en Davos de que el crecimiento previsto para la economía mundial, del 3,3% en 2026, es “una historia muy bonita, pero insuficiente”. “Quiero hacer un llamamiento a todos vosotros: no caigáis en la complacencia. El crecimiento no es lo suficientemente fuerte. Y por eso, la deuda que pesa sobre nuestros hombros, que está alcanzando el 100% del PIB, será una carga muy pesada”, advirtió Kristalina Georgieva.
Tan pesada, que la deuda pública se ha convertido en uno de los rasgos estructurales de la economía. Globalmente está en 93 billones de dólares, y se espera que pronto alcance casi los 100 billones. Lo preocupante, más allá de la cifra, es que mientras que la deuda de los hogares y las empresas cae de forma sostenida desde 2015 (ahora ronda los 151 billones), los Estados no dejan de necesitar más y más recursos. Según la OCDE, la ratio de deuda sobre PIB en las economías avanzadas supera el 110%. Antes de la covid, ese nivel solo se había alcanzado en las guerras napoleónicas, recuerdan con ironía en The Economist. Luiz de Mello, director de la Subdivisión de Estudios de País de la organización, echa la vista atrás con preocupación. “Si comparamos la evolución de los países de la OCDE, antes de la crisis global [de 2008] estábamos en un promedio de deuda pública del 70% del PIB, y hemos cerrado el año pasado con más de un 110%. Un 40% del PIB en menos de 20 años es un aumento considerable”.






