Los bonos han dejado de estar entre la apuesta favorita de los gestores de renta fija, ahora centrados en deuda corporativa, pero conservan su lugar en las carteras y ofrecen oportunidades de compra
La deuda soberana ha sido protagonista en el mercado financiero en estos días en los que el presidente de Estados Unidos Donald Trump ha agitado el avispero geopolítico con amenazas de invasión de Groenlandia y andanada de aranceles. Las aguas se han calmado de momento tras conocerse un acuerdo en el marco de la OTAN que de paso ha neutralizado el peligro de nuevos aranceles, pero los bonos soberanos han acusado el golpe del riesgo geopolítico y, como ha ocurrido en otras ocasiones, han acaparado la atención en los momentos más tensos. Incluso se ha abierto otro debate inimaginable cómo la UE podría emplear su cartera de deuda soberana estadounidense como arma de persuasión frente a Trump.
De forma inevitable, la geopolítica pesa con fuerza sobre los bonos soberanos. Son el instrumento a través del que se financian los gobiernos, que deben ganarse la confianza de los inversores si quieren tener cubiertas sus necesidades de gasto y de inversión. Y en el momento en que una administración pública se desvía de la disciplina fiscal —con elevados niveles de déficit y endeudamiento y sin planes para su reducción—, interfiere en la labor de su banco central o aplica aranceles que pueden elevar la inflación —y requerir por tanto alzas de tipos para controlar la subida de precios—, esa confianza empieza a quebrarse. Los inversores piden más rentabilidad a esos bonos soberanos y esa presión puede llegar a desatar una espiral que haga insostenible el pago de la deuda pública.







