Pocos autores han descrito de una manera tan certera el paso a la edad adulta como el narrador estadounidense en su relato autobiográfico ‘El cuerpo’. Pero también refleja el miedo que produce una estación cada vez más amenazante
Aunque no se haya crecido junto al Mediterráneo, unas estrofas de Joan Manuel Serrat puede servir para simbolizar hasta qué punto el arte ha mimado e idealizado el verano: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa / Escondido tras las cañas duerme mi primer amor / Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya”. Los cuadros de los impresionistas, de Renoir a Monet, están llenos de cielos brillantes y campos de trigo. El verano en Bougival, de Alfred Sisley, refleja toda la paz de una estación benigna y tranquila, durante la que los paisajes estallaban de vida.
El verano es también la estación del descubrimiento de la vida, desde la obra autobiográfica de Fernando Fernán Gómez Las bicicletas son para el verano, hasta la película Belle Époque, de Fernando Trueba, pasando por El vino del estío, un extraño y bellísimo libro de Ray Bradbury que transcurre en los años veinte, o por Verano del 42, de Robert Mulligan, que empieza con la voz en off del narrador: “Cuando yo tenía quince años y vine con mi familia a pasar el verano no había ni tantas casas ni tanta gente como ahora. Entonces se podía apreciar mejor la geografía de la isla y la belleza del mar…”. Y luego continúa el guion por el que Herman Raucher recibió una nominación al Oscar: “Aquella casa de allá arriba era la casa de ella, y nunca, desde el primer día en que la vi, me ha sucedido nada tan sobrecogedor ni tan desconcertante, porque nunca he conocido a ninguna otra persona que me haya hecho sentirme más seguro y más inseguro, más importante y más insignificante…”.









