La mitad de la población migrante del mundo son mujeres. Ellas son especialmente vulnerables, al ser víctimas de violencia en mucha mayor proporción que los hombres, además, a menudo viven cuidando solas de sus hijos o haciéndose cargo de los que han dejado atrás. Sin embargo, la ficción no se ocupa de ellas, excepto cuando quiere retratar a limpiadoras o niñeras extranjeras en países ricos. La cineasta tunecina Erige Sehiri no solo dedica a estas mujeres su nueva película, Prometido el cielo, sino que la centra en la migración dentro de África (el 80% de la migración del continente es interafricana) y en los niños huérfanos que han perdido a sus padres en el Mediterráneo.PublicidadTres mujeres de Costa de Marfil —una periodista y pastora evangelista, una estudiante y una madre que busca una nueva vida para volver a reunirse con su hija— se hacen cargo de una niña huérfana mientras siguen con sus vidas en Túnez, un país cada vez más hostil y peligroso para ellas, buscando salidas para un futuro mejor.Título de inauguración de Un Certain Regard del Festival de Cannes, ganadora de los premios de dirección, guion e interpretación en el Festival de Cine Francófono de Angulema (FFA) y de los de mejor película, actriz (Déborah Cristelle Naney) y del Premio del Público en el Festival de Cine Africano de Tarifa, Prometido el cielo sirve de poderosa crónica de la realidad de miles de mujeres atrapadas en el Norte de África.Frustración"Hacer visibles a las personas invisibles" es la intención de Erige Sehiri con su cine. Autora antes de Entre las higueras, la directora y guionista revela su propia frustración como tunecina con esta película. "Me disgusta profundamente ver que no podemos acoger a los migrantes con dignidad, a pesar de que nosotros mismos procedemos de una diáspora muy amplia. Actuamos como si no viviéramos todos en el mismo continente, como si no fuéramos todos africanos".Prometido el cielo se rodó en medio de las detenciones masivas y redadas de inmigrantes que se llevan a cabo en Túnez, por lo que la cineasta rodó en lugares que apenas se reconocen —"los migrantes no tienen ningún acceso al país en el que viven"—, donde no hubiera policía que pudiera acercarse a muchos de los inmigrantes reales que han trabajado en la película. Una de ellas es la actriz Debora Lobe Naney, una mujer que iba a intentar cruzar el Mediterráneo y que, finalmente, no lo hizo para trabajar en la película.PublicidadAdemás, el espacio principal de esta historia es una iglesia evangélica real, en la que conviven las tres mujeres y la niña que han encontrado. Estos centros sirven de apoyo, incluso de bancos improvisados, a la comunidad, pero corren graves riesgos porque suelen ser acusados de tráfico de niños y de lugares de acogida de inmigrantes ilegales. "Es como una empresa en realidad, pero no hay presiones, porque es una iglesia evangélica muy libre por lo menos en Túnez. Y para autonombrarse pastor o pastora se requiere una cierta inteligencia, un cierto tipo de mentalidad", explica Sehiri, que simboliza con el personaje de la periodista el carácter emprendedor y de resistencia de estas mujeres.Los niños huérfanos de la migraciónEn ese retrato de "mujeres que son muy luminosas, complejas, mujeres imperfectas, pero con una vitalidad y una energía muy grandes" hay espacio para la pequeña niña huérfana de esta historia, una huérfana de la que no se sabe nada, ni siquiera el país del que procede. "La mayoría del tiempo no se entregan estos niños al Estado, porque son autoridades hostiles. Son niños que se quedan en la comunidad. Pero a mí lo que me interesaba es que no se sabe su nacionalidad, África es enorme y es muy difícil saberlo", dice la directora, que muestra cómo la niña pone en peligro a las mujeres que ahora la cuidan, pero que no han dudado esta decisión al hacerlo. La historia de esta niña es un relato en la parte de atrás de la película que apunta la desprotección de menores africanos hijos de migrantes, incluso tunecinos que han perdido a sus padres en el mar salvándose milagrosamente ellos.Prometido el cielo pinta la realidad de mujeres migrantes en un país racista —"siempre ha habido un racismo latente en Túnez hacia la población negra, también tunecina"—, y la forma en que los gobiernos atacan la solidaridad y unidad de las comunidades más frágiles. "Para mí eso es algo típico de lo que ocurre en el mundo políticamente hablando. Siempre ha sido así, siempre han ido a debilitar los discursos de oposición, hay que debilitar la fuerza de la comunidad. Entonces, es más difícil para la gente se solidaria, esos lazos se debilitan".