Damien Hauser nació en Suiza hace 25 años, pero en su última película, Memory of Princess Mumbi (En memoria de la princesa Mumbi), plantea una historia de amor afrofuturista filmada en Kenia, su país de origen, con un reparto de actores kenianos, incluida la actriz protagonista, a la que conoció a través de Instagram. “A menudo vemos historias africanas contadas a través de la mirada europea. Yo intento aportar una perspectiva distinta”, explica poco antes de la inauguración en Tánger de la 23º edición del festival de cine africano de Tarifa, que transcurre simultáneamente en las dos orillas del Estrecho. “Nuestros padres tenían una versión demasiado romántica de Europa. Si creces como una persona negra en Europa, tienes necesidad de conectar con gente como tú”. Sentada a su lado, Shandra Apondi, la actriz protagonista pone de ejemplo la exitosa My Father’s Shadow (La sombra de mi padre), del director británico-nigeriano Akinola Davies Jr, ganador de un Bafta, para explicar que los creadores africanos quieren “contar la parte más humana de África, no solo las tragedias y las guerras“. “Ahora es mucho más barato hacer cine y eso supone un cambio enorme para los cineastas africanos. Uno muy positivo”, dice.“El migrante deja de serlo cuando se le entierra en el país de acogida, cuando le absorbe la tierraKarima Saïdi, directora belga-marroquíEse intimismo y la búsqueda de la identidad en las raíces de los padres la lleva a la pantalla con maestría y toneladas de ternura el director franco-egipcio Namir Abdel Messeeh. En La vie après Siham (La vida después de Siham), proyectada también en el festival y que cuenta cómo cuando su madre muere en París, el cineasta viaja al pueblo de la familia materna en Egipto, para filmar a la tía y a todo aquello que construye las bases sobre la que se asienta la vida francesa del director. Para Abdel Messeeh esa exploración no es algo nuevo. Es su tercera película dedicada a la historia familiar y a Egipto. “Es un intento de responder a cómo encontrar el lugar en el país occidental en el que vivimos”, explica en una entrevista en los márgenes del festival. La familia, piensa, cobra nueva importancia en un contexto de volatilidad global y conflictos, en el que alrededor todo parece derrumbarse. “En periodos de crisis, tenemos la necesidad de interrogarnos”, sostiene Abdel Messeeh, que asegura que el mejor piropo que ha recibido de su película fue el de una chica joven que le dijo que por primera vez en su vida se sentía representada en el cine. “Muchos migrantes de la primera generación quisieron integrarse y ni siquiera transmitieron el idioma a sus hijos. Ahora vemos una reacción a esa asimilación; una necesidad de buscar sus raíces, su identidad africana”, explica Marion Berger, programadora del festival. “Ahora vemos muchísimas películas de la diáspora. Los cineastas africanos quieren contar sus propias historias y que dejen de ser contadas por los europeos”, asegura. Obrera y limpiadora enterrada en BruselasKarima Saïdi, directora belga-marroquí también bucea desde hace tiempo esa identidad del exilio a través de la vida de su madre, que emigró a Bélgica en 1964. “Era una obrera, que trabajó limpiando y que se divorció. Hizo cosas muy valientes y para mi era importante contar su vida. Fue una heroína”. Para ella, “el exilio es una tragedia y hacer películas ha sido una manera de comprender ese proceso tan violento”.“Hay una movilidad diferente y por lo tanto, mucha gente hablando de una globalidad distinta, de un mundo postracial y decolonialMayra Santos Febres, escritora puertoriqueñaEn su última película, Ceux que Veillent (Los que vigilan), Saïdi cuenta la muerte de su madre y lo hace desde el cementerio multiconfesional de Bruselas, une espacio multicultural, en el que familias de orígenes muy diversos velan a sus muertos. La madre de Saïdi quiso que la enterraran en Europa y no en Marruecos para quedarse cerca de sus hijos. Ese cementerio es para Saïdi “la huella arqueológica de la migración”. “El migrante deja de serlo cuando se le entierra en el país de acogida, cuando le absorbe la tierra”, piensa la cineasta que nació y creció en Bélgica, pero que ha pasado todos los veranos de su vida en Marruecos, donde también es profesora de cinematografía.Identidades fluidas como la de Saïdi son las que afloran con más frecuencia ahora en el cine. Lo teoriza en la cita de cine africano con claridad Mayra Santos Febres, escritora puertoriqueña y académica experta en afrodescendencia: “Hay una movilidad diferente y por lo tanto, mucha gente hablando de una globalidad distinta, de un mundo postracial y decolonial”.Más baratoLa urgencia por contar la travesía de sus padres y por conectar con sus orígenes coincide con aspectos más prácticos que lo hacen cada vez más posible. Por un lado, el avance tecnológico, que hace que sea cada vez más fácil y más barato hacer cine. Berger señala también un asunto que no es menor: “La gente de la diáspora ha tenido oportunidad de ver más cine y de formarse”. Cuenta la programadora que por ejemplo cuando vienen cineastas de países como Guinea Ecuatorial, explican que la exposición al cine de calidad a la que han tenido es a menudo mínima. “Al haber crecido en Suiza, tengo muchas más posibilidades de contar historias de Kenia que si hubiera crecido en Kenia”, reconoce Hauser. Pero además explica que hace 15 años, para que los europeos te dieran dinero para hacer una película africana tenía que ser un dramón migratorio o una guerra civil sangrienta. Ya no. Historias aparentemente pequeñas, intimistas o experimentales como la suya también se abren paso y demuestran que cada vez más gente puede hacer cine, lo que inevitablemente aporta una diversidad de miradas hasta ahora imposible.
Los cineastas de la diáspora africana bucean en sus raíces a través de sus películas
Hijos de migrantes ofrecen con su cine nuevas miradas sobre sus países de origen y el exilio de sus padres, cada vez más posible por el abaratamiento de la tecnología y al anhelo identitario de las nuevas generaciones













