A media ma�ana un sol pagano hace guardia en el camino que lleva al Monasterio de San Salvador de Leyre, icono de la Orden de San Benito en Navarra y con se�ales de vida desde el siglo IX en una carta de san Eulogio. La construcci�n, imponente, casi fortaleza, casi castillo, casi altar de roca levitando en la falda del monte, desprende una serenidad lejana, una inmediatez de piedra rubia con diversas cicatrices calc�reas. Est� quieto desde hace 1.300 a�os y, sin embargo, parece navegar a la deriva con dulzura extrema. En el p�rking de tierra la quietud ya es otra, balanceada en la claridad de este d�a de agosto del que es imposible escapar. Una bandada de turistas revolotea alrededor de los muros esperando turno para acceder a la cripta, la estancia m�s antigua de los espacios de visita. Protegidos por la sombra de los �rboles, en medio de un aura asfixiante, echan miradas grandes a la puerta de acceso de la zona privada del monasterio, por si cazan la salida de alg�n monje de los 16 que ahora mantienen esta comunidad. Una se�al de madera en forma de flecha advierte de lo que dentro sucede: Clausura. A la derecha del quicio del gran portal�n hay un telefonillo con un solo pulsador. Es una de las entradas al monasterio. Las otras son m�s discretas y est�n fuera del radar forastero.Hace 10 a�os me adentr� en otro monasterio m�tico, el de Silos (Burgos). Conviv� durante una semana con aquellos benedictinos que cerca estuvieron de saltar por la borda de la fe cuando la grabaci�n de su canto gregoriano les ech� encima todos los focos y casi los degrada a estrellas del pop. Trat� de imaginar los sue�os, desvelos, certezas, dudas, alegr�as y da�os de alguien que entrega la existencia a la oraci�n intramuros, deja fuera de esa jurisdicci�n lo vivido, lo amado, lo gozado, lo por venir, y no vuelve a mirar atr�s cuando a su espalda se cierran las puertas del monasterio: una vez que se entra verdaderamente nunca se sale. El �ntimo esplendor de Silos podr�a ayudar a dar el paso, pero para acceder a la �ltima escala de la vida de encierro hay que saber mandar al fondo del mar demasiados placeres, y familia, y amigos, y certezas, y emociones.Aquella experiencia de entonces fue reveladora porque concede acercarse a un mundo estanco y normativo, estricto y callado, alejado de m� aunque no lejos de la curiosidad. Un ateo en Silos, titulamos las seis entregas en este peri�dico. Y si es cierto que sal� con las mismas certezas, alguna duda nueva y los viejos fantasmas de siempre a mi entera disposici�n, aprend� que existe una espiritualidad vibrante (aunque no sea la m�a) que aloja un cargamento de asombros y tiene algo de traves�a procelosa. No promete nada que no seas capaz de concederte a ti mismo, y tampoco necesita b�culos, ornamentos, mitras, baldaquinos, pero se puede captar en algunos versos de san Juan de la Cruz o desde las iluminaciones alcaloides de santa Teresa de Jes�s.Presiono el bot�n del telefonillo y pronto suena un campanilleo de llaves y el inquietante girar de la cerradura -as� es como se abre y se cierra el destino-, un primer ruido de gozne que remata en la presencia del padre �scar Jaunsaras, navarro de Etxaurri, prior y ec�nomo de esta abad�a. La cabeza pelada, la sonrisa confortable, el h�bito negro, el escapulario bien ajustado, las manos blancas que en otro tiempo acariciaron la arena de las playas de R�o de Janeiro y levantaron caipiri�as y rodearon caderas bendecidas por la samba. La voz bien timbrada. "Bienvenido a Leyre. Acomp��ame, te muestro el camino a tu celda. �El viaje fue bien? �De d�nde vienes? S�gueme, por favor. Antes de explicarte las rutinas, toma estas llaves. Ver�s que hay dos: la de tu cuarto y la de algunas puertas del monasterio. La cuadrada es la de este port�n, para que puedas salir y regresar cuando quieras en tus d�as con nosotros". Aqu� nadie pregunta "qui�n es usted".La estancia de acceso est� en penumbra. Sobria. Al fondo, un aparador de madera con cierto remordimiento castellano. A la derecha, una pecera de conserje y dos sillas inc�modas. Algunas im�genes religiosas. El silencio de los pr�ximos d�as se explica bien desde aqu�. "Al final de este pasillo est� el refectorio, el comedor comunitario. Ah� desayunamos, comemos y cenamos todos juntos y callados", explica. Subimos por una escalera ancha hasta la puerta de acceso de los monjes a la iglesia principal de la abad�a. "Aqu� se ofician diariamente las misas, siempre cantadas. Siete al d�a. La primera (Vigilias), a las 6.00 de la ma�ana. La �ltima (completas) a las 21.10. Nuestra vida, siguiendo la Regla de San Benito, se ci�e al ora et labora". Los pasillos desiertos albergan los espectros de una vida.Para saber m�sUn piso m�s, en la parte alta del claustro, una peque�a capilla abierta las 24 horas (casi farmacia devocional), permite rezar a monjes y hu�spedes (10 como m�ximo en la zona de clausura) en cualquier momento del d�a o de la noche. La puerta de al lado conduce, despu�s de otro tramo de escaleras, a las celdas de alojados. "La tuya es la 16. Sobre la mesa tienes un tr�ptico con algunas instrucciones para la estancia. Si puedes evitar el pantal�n corto, mejor". (No tengo costumbre de pantalones cortos). "Est� prohibido fumar dentro del monasterio. No debes hablar alto por tel�fono, aunque lo mejor es mantenerlo en el cuarto. No pongas m�sica si no es con auriculares. Evita los portazos. Y cuando est�s con los dem�s no olvides que el silencio es otra de nuestras razones". La habitaci�n es sobria. Una cama de 90, una mesita de noche, un escritorio severo, una silla dif�cil, una mecedora y un sill�n de lectura tapizado en verde, tambi�n un ventilador de techo que mueve un aire de fuego. La ventana da a la sierra de Leyre, portentosa de hayas, pinos royos, robles peludos, encinares, carrascales, quejigos. Y en lo alto asoman soberbios los cortados donde anidan las rapaces y los parapentes. En el tr�ptico de normas advierten de esto: "Se procurar� no herir la sensibilidad de otros hu�spedes con discusiones por iderencias ideol�gicas (religi�n, pol�tica, g�nero...)". As� est�n las cosas. "Aqu� tienes la Biblia y algunos libros de oraci�n, por si los necesitas".�scar Jaunsaras es un monje tard�o. Ingres� a los 38 a�os, cuando algunas vocaciones est�n muy consolidades o ya nunca habr� vocaci�n. Hasta esa edad disfrut� de viajar, de vivir en todas direcciones, de tener la enviadada libertad de quienes hacen de su vida un festival. Viv�a la mitad del a�o en R�o de Janeiro y la otra mitad de un lado a otro con remansos en Pamplona. "Era un hombre de fe, pero nada apuntaba a que podr�a acabar en un monasterio. Estaba enamorado de R�o de Janeiro. De la vida de all�. Y la exprim� bien", informa con fulgor y sin nostalgia. �Por un accidente que me averi� una pierna regres� a Pamplona y tuve que hacer reposo durante un par de meses. Al final de esa recuperaci�n un amigo me trajo a Leyre. Lo conoc�a, como navarro que soy, pero no hab�a estado hospedado. Esos d�as removieron algo en m�, pero pas� demasiado fr�o (era diciembre), las comodiades eran escasas y a�n tiraba de m� Brasil, as� que regres�. Ten�a alquilado un apartamento a dos pasos de la playa. La vida iba bien, pero dos a�os despu�s de la visita a Leyre ocurri� algo dentro de m� mientras estaba en la playa de R�o de Janeiro: una revelaci�n, una llamada, una extra�eza... D�as despu�s regres� a Pamplona y solicit� el ingreso en el monasterio. Dej� en orden mis cosas de afuera y empec� mi noviciado. Llevo casi 33 a�os dentro y no vuelvo la vista atr�s. Lo vivido est� vivido. Entr� aqu� con una fuerte experiencia y aqu� he sumado otra: el amor a Dios".Todos los d�as son iguales en Leyre. Cada uno de estos monjes, entre los 24 y los 80 a�os, tiene reglada cada hora de su existencia. Un martes de agosto de 2026 ser� igual a cualquier martes de agosto de 2032, si es que a�n habitan este perro mundo. Han cosagrado la existencia a rezar, al silencio, a la labor encomendada: biblioteca, lavander�a, cocina, limpieza o la confecci�n de la ginebra que destilan estos monjes siguendo una receta del 800 d.C... Se manejan por estos pasillos con las emociones terrenales enterradas. Nada suena aqu� dentro. A veces el encajar de una puerta, las campanas anunciando, algunos pasos amortiguados... Si te cruzas con alguien el saludo se concreta en una ligera inclinaci�n de cabezas. Puedes escuchar con nitidez el rumor a cortocircuito que produce el aleteo nervioso de un mosc�n en combate contra el cristal de una de las ventanas del claustro. La comida es frugal y r�pida, en riguroso sigilo. A las 13.30 dos monjes sirven los platos: verdura, tortilla, algo de carne, fruta, yogur, agua y vino. Otro de ellos lee fragmentos del Evangelio desde un peque�o atril. Despu�s toca la retirada a las celdas hasta la oraci�n de Nona (15.30, hora novena desde la salida del sol). La tarde se dilata. Las horas pasan lentas. Conviene afinar la ma�a de organizar los pensamientos, que no se agolpen, que no giren en bucle. Para ellos los muros no son muros, sino una rampa a Dios. Para m� es un largo tiempo sin fondo, una explanada que compartir con nadie. A veces sientes un empacho de ti mismo, pero tambi�n hay momentos de alta plenitud, de naturaleza equilibrada.En un intenso eslalom, desliz�ndome entre la realidad y otros asuntos, desatendido el m�vil, ajeno a los recados de la actualidad, el cuerpo se acostumbra a esta amortiguaci�n o a este otro equilibrio lleno de vac�os, ausente de ruido. Dos de los monjes m�s j�venes, fray Eduardo y fray Ignacio, de Barcelona y de Pamplona, estudiaban Derecho cuando les atraves� la llamada. Ellos dicen "llamada" para indicar el impulso que los trajo. No tienen acceso a internet. Se comunican con alguna llamada de vez en vez, alguna carta. Aqu� uno aprende a desprenderse, a soltar lastre, a no reclamar.El Monasterio de Leyre desde la senda de la fuente de San Virila.A. LUCASA las 20.00 la cena transcurre igual que la comida, como fue anteayer y como ser� de nuevo ma�ana, como sucede todo en este lugar: sin sobresalto, sin novedad. La �ltima misa del d�a, Completas, es a las 21.10. El gregoriano sale de las gargantas de los monjes y hace nube en las b�vedas irregulares de la recia iglesia de tres naves con arcos de medio punto mal apuntados. Suena el �rgano de 44 registros con 2.750 tubos, fabricado en 1966 por Organer�a Espa�ola y reconstruido en 2009. La tarde de agosto se deja enfriar un poco. A las 22.00, el monje asignado tranca a cal y canto las puertas de Leyre como quien manipula un destino cifrado. La sierra pierde el contorno y el silencio tiene ahora algo desvariado mientras la noche se cierra.No digo que este sea un m�todo de salvaci�n, pero est� al alcance de cualquiera que busque desintoxicarse por un rato de la basura pol�tica constante o limar alg�n da�o. No hace falta creer en dioses ni quedarse encerrado en el milagro para apreciar una sensaci�n �nica de bienestar seg�n pasan los d�as y convives con lo solamente pensado.El padre �scar recibe y despide a los hu�spedes, supervisa la venta de ginebra, pone en contacto a los hu�spedes que requieren conversaci�n con alg�n monje. �Al monasterio puede venir cualquiera que busque una experiencia de recogimiento�, dice. A las 5.50 suena la campana que advierte de las V�speras de las 6.00, cuando el coro lo inician el mirlo y el ruise�or cuando el aire a�n es dulce. Todo vuelve a empezar con la precisi�n de lo que no acepta azares.El gregoriano compacto va impregnando la atm�sfera como un peque�o oleaje que ondula el �nimo. Al d�a no le pides m�s de lo que tienes, que es la manera natural de vivir dentro de Leyre. Y eso a veces pasa por observar c�mo la sombra de tu cuerpo se proyecta sobre las baldosas y un insecto reina en medio del espesor humano. Estos monjes de abad�a atraviesan un bullicio distinto al nuestro, en un retiro completo y con la meta instalada en ese m�s all� que justifica su minimalismo, la vida en comunidad, el voto de su pobreza, la extrema calidad de su callada mansedumbre. Cuando salgas despu�s de varios d�as intenta tomar de regreso el camino m�s largo.