Cuando a mediados del siglo XIX, el historiador José María Quadrado ascendía hacia el monasterio de San Juan de la Peña (Huesca) por el sendero tradicional que arranca en Santa Cruz de la Serós, tomaba nota de una naturaleza frondosa, agreste, casi salvaje. La ascensión —un camino de unos tres kilómetros y medio, con un desnivel de más de 400 metros— merecía el esfuerzo. Tanto, que se había convertido en etapa obligatoria para los viajeros románticos que recorrían el país, buscando los vestigios de un pasado esplendoroso. Al llegar, les aguardaba un espectáculo único: un monasterio medieval incrustado bajo un inmenso abrigo rocoso que le servía de bóveda natural. El litógrafo Francisco Javier Parcerisa, que acompañaba a Quadrado para ilustrar la enciclopedia Recuerdos y bellezas de España, realizó una serie de dibujos extraordinarios. Sin embargo, no retrataban un monasterio en plenitud: la vegetación se apoderaba de un claustro ya ruinoso. Aquel estado de decadencia era producto del abandono –los monjes se habían mudado al monasterio nuevo, en la parte superior de la montaña–, pero también de una larga historia de incendios. La misma que hoy vuelve a cercarlo.

El incendio forestal de Las Peñas de Riglos, que avanzaba este jueves hacia el enclave donde se encuentran los dos edificios religiosos, obligó a intervenir a miembros de la UME y a los responsables de Patrimonio del Gobierno de Aragón. El objetivo era salvar uno de los símbolos más valiosos del monasterio viejo de San Juan de la Peña: la memoria de Aragón. En las imágenes de la evacuación, se observa cómo los militares se llevan varias urnas de cristal repletas de huesos y las introducen en los vehículos para depositarlas en el Museo de Huesca. Para entenderlo, hay que viajar al siglo XI. Todo comenzó con la decisión de un rey: Ramiro I. El primer monarca de Aragón optó por reunir sus restos mortales y los de sus herederos en un panteón real. La necrópolis solo podía tener un emplazamiento: San Juan de la Peña. De esta manera, el linaje de los primeros reyes aragoneses —Ramiro I, su hijo Sancho Ramírez y su nieto Pedro I— cobraría un enorme poder simbólico e identitario. Y a fe que lo consiguió. Nuevos sepulcros se fueron añadiendo al mausoleo y la tradición medieval consagró el lugar como el germen del Reino de Aragón. Actualmente, a San Juan de la Peña se le considera cuna de Aragón y abundan las referencias a la “Covadonga aragonesa”. El Panteón Real es una de las principales razones por las que cerca de 80.000 personas visitan el lugar cada año.