Querido Alvarete,Al principio de tu enfermedad un miedo me recorría constantemente. Creía que una noche no aguantaría despierto, los ojos se me cerrarían y, al levantarme, tú ya no estarías. Las noches llegaban y tu madre y yo te vigilábamos a los pies de tu cama y siempre pasaba lo mismo: los párpados se me cerraban y el sueño terminaba ganando la batalla. No sin que antes me agarrara a tu pie para despertarme si algo sucedía. Y así era, a la mínima convulsión que tenías, mi cuerpo se sobresaltaba y reaccionaba no dejándote solo... Pero el miedo y la culpa seguían presentes.Con el tiempo, comprendí que aquel nunca había sido el verdadero miedo. No temía quedarme dormido. Temía no estar a la altura. Temía que un día tú acabaras pagando mis errores. Recuerdo que hubo una época en la que vivía con miedo a todo, incluso a respirar. Tenía una sensación constante de vértigo, como si cualquier pequeño sobresalto pudiera hacer que todo se viniera abajo. Vivía excesivamente concentrado, permanentemente en guardia. Pero, poco a poco, fui soltando lastre. Aprendí otra vez a respirar. Y comprendí que nadie puede librar una batalla cuando está completamente agotado.Quizá por eso fue tan importante empezar a turnarnos por las noches tu madre y yo. Al principio, la culpa pesaba más que el descanso, pero, poco a poco, la coherencia fue imponiéndose. Recuperar unas horas de sueño y, sobre todo, saber que tenía a alguien luchando conmigo me permitió volver a coger aire.Aun así, el otro día estaba especialmente cansado. Me invadía esa sensación de melancolía tan embriagadora. Había tomado un café por la mañana con una persona que no había parado de contarme todos sus problemas. El pobre llevaba una carga muy grande y necesitaba liberarla. La cuestión es que no era mi mejor día para escuchar, pero no me quedó más remedio. Estaba allí y podía hacerlo, así que lo hice. Después de la conversación, me puse a pensar en lo mucho que sufre la gente y lo fácil que es ayudarla: basta con escuchar, pero pocas veces lo hacemos.Todavía con esa idea en la cabeza, sonó el teléfono. Era tu madre. Le habías dado una de tus caricias; intentaba mantener la calma, pero la voz se le aceleraba a la vez que por momentos se quebraba. Según la escuchaba, sentía que la cabeza se me dividía en dos. Una parte permanecía atenta, presente, escuchando cada palabra; la otra se iba llenando de una tristeza inmensa. Solo podía pensar en una cosa: ¿cómo evitar que ella tuviera que pasar por momentos como aquel?Colgué el teléfono, dejé lo que estaba haciendo y fui corriendo hacia ella. No me lo pidió, pero sabía lo que tenía que hacer. De pronto, todas las cargas del pasado se volvieron presentes. El cuerpo empezó a pesar a plomo, me costaba moverlo, pero no quedaba otra, no podía permitirme parar. Era una explosión de sentimientos mezclados con un chute de adrenalina.Después volvió la calma. La adrenalina desapareció, y otro tipo de sentimientos empezaron a brotar. Ya no eran de pena, sino de rabia, de rebeldía contra las circunstancias. De mirar al toro de frente, directamente a los ojos. De ser consciente que soy yo quien lleva el timón de mi vida y que, por tanto, depende de mí la dirección que tome.Entonces hice lo único que sé hacer cuando siento que voy a caer: cerrar los ojos y buscar un recuerdo feliz. Unas Navidades te regalamos una moto eléctrica, como la de Pedrosa; te apasionaban y no parabas de imitar sus ruidos y de llamarlas por todas partes: “moto, moto, papá, moto”. Llegó el gran día, y allí estaba la moto rodeada de otros juguetes, pero tú solo tenías ojos para ella. Corriste hacia ella y te subiste de un salto. Le pegabas patadas, como esperando a que arrancara. Rápidamente aprendiste a moverla y cogiste una soltura impropia para tu edad y tu situación.Recuerdo una mañana en el parque cómo llevabas a tu hermana pequeña detrás. No parabas de dar vueltas en círculos, mientras gritabas de alegría y ella se agarraba fuertemente a ti. Eras capaz de mover la moto con una sola mano, a la vez que levantabas la otra y sonreías de felicidad. Tu madre corría al lado dando palmas y yo grababa con la cámara. Esa misma tarde tu madre y yo nos fuimos a dar un paseo solos. Y de lo único que hablábamos era de lo bien que manejabas la moto y de que si era una muestra de tu buena evolución… Es curioso cómo veíamos solo lo que queríamos ver y no nos dábamos cuenta de que solo dábamos vueltas en círculos y que la moto se movía por la inercia del peso de tu pie…, pero qué felices éramos. A veces, hay que cambiar el prisma con el que miramos. Nos pasamos la vida pendientes de lo que creemos que nos falta y, mientras tanto, dejamos escapar todo lo que ya tenemos delante. Quizá la felicidad no consista en que la vida sea perfecta, sino en aprender a mirarla mejor. La gente tiende a pensar que, cuando tienes un hijo enfermo, ya no tienes más problemas. No se dan cuenta de que tienes los mismos que los demás… y, además, un hijo enfermo, pero que has aprendido a mirar la vida de otra manera que hace que parezca que no hay nada más, aunque lo haya.Cada noche, justo antes de quedarte dormido, esbozas una sonrisa y, solo entonces, se te cierran los ojos. Para mí, ese gesto lo significa todo. Porque me dice que, si a pesar de todo terminas el día sonriendo, aquel miedo que tanto me acompañó —el de no estar a la altura, el de quedarme dormido en la vida y que tú acabaras sufriendo por ello— no se ha hecho realidad. Entonces vuelvo a respirar. Y vuelvo a sonreír.Te quiero.Papá.