En un sótano pintado de blanco en una aldea al sur de Kabul, una docena de mujeres jóvenes se apuran a revolver las cerezas y ciruelas que hierven en calderos y a pegar etiquetas en frascos de mermelada. Iniciativas como esta son uno de los pocos espacios donde las mujeres aún pueden adquirir habilidades y encontrar empleo en el Afganistán gobernado por el Talibán.
Este emprendimiento lo dirige Najia, una empresaria afgana de 47 años y madre de nueve hijos a quien casaron a los 14 años.
Si las autoridades no les hubieran prohibido a las niñas y mujeres jóvenes el acceso a las escuelas secundarias y universidades, muchas de las mujeres que participan en este taller, incluidas las hijas de Naija, estarían estudiando para un tener un futuro diferente.
Pero ahora, hasta esta actividad se está viendo afectada.
Las regulaciones más recientes establecen que las mujeres tienen que pedirles a los hombres que lleven sus productos al mercado, y solo los hombres pueden atender los puestos en los que se exhiben su mercancía en las ferias comerciales.













