Lara Villal�nActualizado Viernes,
agosto
22:44Cinco a�os despu�s del regreso de los talib�n al poder, la violencia que marc� dos d�cadas de guerra en Afganist�n se ha desvanecido en gran medida. Los agricultores pueden vender su fruta en puestos callejeros sin temor a bombardeos, hay tranquilidad en los puestos de control y algunos menores incluso pueden ir andando a la escuela. Para una poblaci�n de 45 millones de habitantes exhausta por un conflicto perpetuo, esta fr�gil estabilidad ha tra�do un cierto alivio y una menor sensaci�n de inseguridad. Sin embargo, esta estabilidad forzada no es m�s que un espejismo que pagan a diario millones de civiles con una represi�n sistem�tica, especialmente contra mujeres y ni�as, sumidos adem�s en una crisis humanitaria que se agrava d�a a d�a.El regreso de los talibanes el 15 de agosto de 2021 puso fin a la presencia de Estados Unidos en el pa�s y dio paso a una era de mano de hierro, que ha aislado a Afganist�n del apoyo internacional que necesita tan urgentemente. Un informe de la Misi�n de Asistencia de la ONU en el pa�s (UNAMA) reconoce que la reducci�n de combates en este �ltimo lustro ha provocado la ca�da de las v�ctimas civiles en ataques y beneficiado el comercio local. No obstante, es la violencia estatal la que mantiene sometida a la poblaci�n, arremetiendo especialmente contra las mujeres.A las ni�as no se les permite ir al colegio a partir de secundaria. Las mujeres no pueden acceder a la mayor�a de empleos expuestos al p�blico y tampoco del funcionariado. No pueden mostrar su rostro ni su voz en p�blico, se les ha eliminado de los medios de comunicaci�n. Tampoco pueden viajar libremente sin un tutor var�n, y una de las �ltimas imposiciones de los talib�n les proh�be tambi�n asomarse a las ventanas de sus hogares.Las restricciones contra las sanitarias han provocado un retroceso a pasos agigantados del acceso de las mujeres al sistema de salud. En Herat, al oeste del pa�s, la mortalidad materna se ha multiplicado por cinco durante el primer semestre de este a�o en comparaci�n a hace un lustro. La represi�n se extiende contra cualquiera que se muestre contrario a estas pol�ticas, incluso si son hombres que se manifiestan contra la represi�n contra las mujeres. Grupos de derechos humanos denuncian una constante intimidaci�n, detenciones arbitrarias e incluso desapariciones forzadas de activistas y periodistas.La represi�n interna tambi�n se ha traducido en una ca�da de los donantes de ayuda humanitaria internacionales, recelosos de legitimar a un r�gimen cuyos ministros siguen bajo sanciones de Naciones Unidas por terrorismo. La ayuda humanitaria se ha reducido de m�s de 3.000 millones de euros en 2020 a apenas unos mil millones el a�o pasado, una cifra que se prev� que a�n siga cayendo en los pr�ximos meses. A ello se le suma la congelaci�n de las reservas del banco central por parte de Estados Unidos y el Reino Unido, que han paralizado el sistema financiero. Las consecuencias de estos recortes han reca�do de pleno en la ciudadan�a. Seg�n datos de Naciones Unidas, m�s de la mitad de la poblaci�n necesita asistencia urgente, incluido 3,7 millones de ni�os que sufren desnutrici�n aguda.Los talib�n no han intentado mejorar las relaciones bilaterales con otros pa�ses para atraer ayudas econ�micas, ya que su l�der, Haybatul� Ajundzad�, cree que la asistencia al desarrollo es una estrategia de los gobiernos enemigos para debilitar a sus adversarios. La reciente detenci�n de dos trabajadores de la ONU en Kabul, por cargos que no han sido revelados, ha reforzado a�n m�s el recelo mutuo entre el r�gimen y las entidades humanitarias, enfriando a�n m�s cualquier posibilidad de renovar la ayuda o la inversi�n.El r�gimen ha intentado llenar el vac�o de donaciones con sus propias iniciativas econ�micas sin �xito. Tras prohibir el cultivo de adormidera, antiguo pilar de los ingresos en zonas rurales del pa�s, los talib�n han depositado sus esperanzas en la industria minera, explotando los dep�sitos de cobre, hierro y tierras raras del pa�s; aunque por el momento la industria no est� cubriendo el vac�o de la industria del opio.El retorno forzado de seis millones de refugiados afganos de Pakist�n e Ir�n ha a�adido otra capa de sufrimiento, ya que la mayor�a de repatriados han vuelto sin recursos, saturando las comunidades que ya sobreviv�an en una situaci�n muy fr�gil. Los desastres naturales han rematado la situaci�n financiera del pa�s, con unas devastadoras inundaciones este a�o que provocaron decenas de muertos, mientras el pa�s a�n se recupera de un terremoto el a�o pasado que caus� m�s de 2.000 fallecidos.Rusia sigue siendo el �nico pa�s que reconoce formalmente al Emirato Isl�mico, pero un conjunto de potencias regionales -entre ellas Turqu�a, Ir�n, Uzbekist�n, India, EAU, Qatar, Arabia Saud� y China- est�n ampliando los canales de comunicaci�n con Kabul. Este acercamiento ha sido interpretado por los analistas como una aceptaci�n 'de facto' del r�gimen. Este mismo a�o, la Uni�n Europea invit� a representantes talib�n para tratar el posible retorno de miles de migrantes afganos en situaci�n irregular al continente, una se�al de que la necesidad de establecer relaciones bilaterales con el r�gimen empieza a pasar por encima de su historial de derechos humanos. Un mayor reconocimiento internacional podr�a ofrecer cierta protecci�n al r�gimen contra el desaf�o que enfrenta en su frontera oriental. Las relaciones con Pakist�n se han deteriorado en los �ltimos meses, debido a las acusaciones de Islamabad de que Kabul alberga militantes de un grupo terrorista que lanza ataques transfronterizos. Pakist�n ha respondido este a�o con bombardeos dentro de Afganist�n, causando m�s de mil fallecidos y desplazando a decenas de miles de personas. / L. V.











