Roya* habla bajito, en un inglés impecable que aprendió, según cuenta, a fuerza de escuchar música pop estadounidense, algo que jamás confesará delante de su madre. La videollamada por Instagram se corta un momento. Las hermanas necesitan una VPN, una red privada virtual, para entrar en redes sociales, ya que los operadores locales restringen el tráfico de aplicaciones como Instagram y Facebook. La imagen vuelve. Desde un cuarto ordenado en la provincia de Kabul la joven de 23 años recuerda lo que llama “el peor día de mi vida”.Han pasado cinco años desde que los talibanes recuperaron el control del país, apenas unos días después de que las tropas estadounidenses se retiraran tras dos décadas de presencia militar. El entonces presidente Ashraf Ghani huyó a Emiratos Árabes Unidos, y los talibanes entraron en los edificios del Gobierno sin que nadie les plantara cara. Según estimaciones de la BBC, en apenas diez días controlaban casi todo el país.Lee tambiénRoya aún no había nacido cuando los talibanes gobernaron por primera vez, pero sus padres sí lo vivieron, y esta vez no dudaron. Metieron lo poco que pudieron en un par de bolsas y se encaminaron hacia el aeropuerto. Nunca llegaron. Los talibanes ya controlaban la única carretera de acceso y solo dejaban pasar a extranjeros. Roya recuerda después haber visto en Instagram los vídeos de la pista desbordada de gente, civiles agarrados al fuselaje de los aviones. “Se veía a algunos caer durante el despegue, de lo lleno que iba”, recuerda. Su madre confiaba en escapar a Pakistán, adonde ya habían huido unos primos suyos en 1996, la primera vez que los talibanes tomaron Kabul.Para Roya, lo peor es el aburrimiento. Lava ropa y pasa la escoba para llenar el día. “Cuando quieres salir de un pozo de depresión, haces las cosas que te dan alegría, pero mi país ya no me deja hacer nada de eso”. Antes de los talibanes jugaba al fútbol en un equipo femenino. Hoy los parques y los gimnasios están vetados a cualquier mujer afgana. En la puerta de su cuarto todavía cuelga una equipamiento rojo con su nombre en la espalda, un homenaje a la selección femenina, hoy en el exilio, que no ha sido capaz de tirar. De pronto se le quiebra la voz y rompe a llorar. Entre sollozos explica que intenta mostrarse fuerte por su familia, “aunque a veces”, dice, “el vacío me supera al pensar en todo lo que he perdido”.Me robaron la educación y la adolescencia”Gulalai, 19 añosProvincia de KabulSu hermana pequeña, Gulalai *, toma entonces la palabra, sin soltar la mano de Roya. A diferencia de la mayor, que pudo terminar el instituto poco antes de la llegada de los talibanes, Gulalai no ha vuelto a pisar un aula desde los 14 años. “Me robaron la educación y la adolescencia”, suspira. Obligada a pasar los días encerrada en su cuarto, empezó a escuchar Radio Begum, una emisora dirigida por mujeres afganas desde Kabul. Emite un currículo escolar para niñas de entre 12 y 18 años, en pastún y en dari, y ha logrado mantenerse casi al margen del control talibán, salvo por algún tropiezo puntual.Gulalai siguió con entusiasmo las clases de geografía e historia, y hoy escucha uno de los programas de psicología, pensado para ayudar a las jóvenes afganas a cuidar su salud mental. Mientras escucha el programa, siempre aprovecha para maquillarse. Con los años ha reunido una pequeña colección de cosméticos y confiesa que siempre lleva “pintalabios o brillo rosa” bajo el velo que le cubre el rostro, aunque desde junio los talibanes prohibieron llevar maquillaje y perfume en público, un giro de tuerca más en el endurecimiento de las normas.Desde 2021, el talibán ha prohibido llevar maquillaje y perfume, y escuchar música en públicoEn las pocas veces que salen a la calle, las hermanas dicen que apenas se cruzan con otras mujeres. Los talibanes patrullan armados con fusiles M4 estadounidenses, los mismos que Washington entregó en su día para equipar al Ejército y la policía afganos. Cuando quedan con amigas, suele ser en locales con espacios segregados por sexo, divididos de arriba abajo por mamparas. “Es humillante, una injusticia total”, dice Roya, todavía con los ojos enrojecidos.Una de cada siete mujeres afganas reporta tener una salud mental “mala” o “muy mala”Desde aquel giro asfixiante en 2021, la salud mental de muchas mujeres afganas se ha ido deteriorando. Un informe de ONU Mujeres revela que siete de cada diez tienen una salud mental “mala” o “muy mala”, y las tasas de suicidio también están en alza. A eso se suma una crisis económica feroz, agravada desde que los talibanes prohibieron a las mujeres trabajar en la administración pública, en salones de belleza, como periodistas y en ONGs. Para las afganas, la costura es uno de los pocos oficios permitidos bajo el regimen fundementalista.Más de 2,4 millones de jóvenes afganas han sido privadas de una educación secundaria, y ONU Mujeres ha registrado más de 100 decretos aprobados contra mujeres y niñas. Estas medidas fundamentalistas han institucionalizado la discriminación y han profundizado lo que la organización considera “la peor crisis de derechos de las mujeres en el mundo”. Mientras Kabul se despierta hoy, engalanada con banderas y murales que ensalzan las leyes islámicas, lista para celebrar los cinco años del regreso al poder de los talibanes, la mayoría de las mujeres permanecen en casa.*Todos los nombres han sido cambiados por cuestiones de seguridad
Cinco años después, la vida sigue en suspenso para las mujeres afganas
Aburrimiento, furia y depresión. Dos hermanas describen cómo es despertarse en Kabul desde que los talibanes recuperaron el país en el 2021











