Hace mucho ruido Gianmarco Tamberi cantando el cumpleaños feliz a su hija Camila nada más ganar su cuarto oro europeo en salto de altura (2,32m), pero pese a sus intentos, la noche de Birmingham, la del viernes, todas las noches, pertenece a las mujeres, a las atletas con más personalidad en la pista, a Amy Hunt, la velocista británica que gana el 100m y el 200m, a la italiana Nadia Battocletti, la reina del fondo con sus victorias en los 5.000m y 10.000m (y la española Idaira Prieto acercándose a su corte, cuarta), y a las tres diosas del 800m, Audrey Werro, Keely Hodgkinson, Femke Bol, que disputan una batalla para la leyenda en la final más deseada. Las tres mejores del mundo en su mejor momento, cara a cara, cuchillo contra cuchillo. Tres grandes y una por encima de todas, la suiza de Friburgo Werro, padre helvético, madre de Costa de Marfil, 22 años, zapatillas rosa, garras en su pose para las cámaras y pies alados en la pista que vuela en diagonal desde su salida en la calle nueve, esprinta para coger el primer puesto en la calle libre y allí se queda hasta el final. Campeona de Europa con un tiempo récord de los campeonatos de 1m 54,81, una marca que también le habría hecho campeona olímpica o campeona del mundo en todas las finales salvo en Moscú 80 y Tokio 25. El primer gran título de una atleta que vive con sus padres y hermanos, hecha en el ambiente familiar de un club de provincias suizo, y entrenada desde niña por una maestra llamada Christiane Berset Nuoffer que ha ido progresando al tiempo que lo hacía su pupila. Y en la pista, brisa fría combatiendo eficazmente el bochorno del día, solo suenan tolones de campanas de vacas suizas, lo que tanto gusta a su afición.Hace un mes, Werro (que se pronuncia veró, a la francesa) corrió en París en 1m 53,80s, la mejor marca jamás lograda en 43 años, desde el récord del mundo hipertrofiado de Jarmila Kratochvilova, 1m 53,28s. Consiguió el registro gracias al aliento persistente en su nuca de Hodgkinson, la campeona olímpica de París, 24 años, inglesa de Manchester entrenada por la exatleta Jenny Meadows y su marido, Trevor Painter, un portento. Son dos frontrunners natas. Solo saben correr en cabeza (Werro dice que es por torpeza, porque no sabe adaptar su gran zancada, tan alta y fuerte es para los cánones de la distancia, a marchas en pelotones apretados). Y cuando están delante a ninguna nadie las adelanta. Rudisha y otros grandes eran frontrunners en solitario. Aquí lo son las dos.Detrás de ellas, Bol, la doble campeona del mundo de 400m vallas que llega fuerte a un territorio inexplorado con su velocidad de base de cuatrocentista. Espera su oportunidad en la recta fina. Sueña con que las dos se agoten en su empeño cara a cara y le dejen la recta para volar. No fue así.Hodgkinson insiste detrás de Werro, que ya no tropieza y cae con su impresionante velocidad de crucero (56,5 sen el 400m), como hizo en las semifinales, y le aprieta al máximo la inglesa en la killing zone, la contrarrecta en la que se decide todo. Quien gasta de más allí no tiene fuerzas en la recta final. Werro resiste y también en la curva, el último cambio desesperado de Hodgkinson, quien en la última recta ve, desesperada, la victoria huir delante de sus narices, bien agarrada por las garras de una casi adolescente suiza, dueña del futuro
Werro se impone en la bella batalla del 800 metros
En cabeza desde la salida, la suiza supera a Hodgkinson y Bol con una gran marca













