Atracciones en una feria en el Puerto de Santa María, Cádiz.Album (Album / AFO)Si me disculpan la primera persona, les contaré que fui miembro de la comisión de festejos de mi pueblo. Que una alquería con 50 habitantes en invierno tuviera comisión de festejos dice mucho de la capacidad de España (la vacía, la vaciada, la hueca y la abarrotada) para montar y cobrar comisiones. En aquella no se cobraba un céntimo porque todo se destinaba a pagar a las orquestas de verbena, estrellas fugaces que parecían bautizadas no en Cañaveral (Cáceres) sino en Cabo Cañaveral (Florida): Supernova, Galaxia, Kripton, Vía Láctea. Si flaqueaban la aportación popular o la municipal se recurría a una orquesta unipersonal (ese oxímoron) llamada El Solitario, un músico polivalente pero triste, sin picardía para proclamarse lo que era: DJ Pionero.Con precariedad o sin ella, la comisión se encargaba no solo de diseñar (palabra que entonces era un neologismo) un programa de festejos en torno al 15 de agosto, sino también de recaudar casa por casa, montar el escenario con tablas y bidones de miel, recortar triangulitos isósceles en papel de cebolla para hacer banderines y engalanar (verbo que ya era un anacronismo) las cuatro calles.Alto ahí.A partir de las 200 palabras, la nostalgia acecha a toda página escrita en primera persona con verbos del pasado. Y nada hay menos nostálgico que una verbena, que es por definición presente puro. Para los que la disfrutan, porque tiene un objetivo: bailar. Para los que la trabajaban, porque su objetivo es también uno: hacer bailar. Ni que decir tiene que mandan los primeros. Todas las orquestas han tenido que incorporar alguna vez sobre la marcha a su repertorio una canción imprevista. Por ejemplo, ‘Quédate’, de Quevedo. Por ejemplo, ‘Nochentera’, de Vicco. Son dos de las que recuerda Naiara, que ganó Operación Triunfo en 2023 tras foguearse casi una década en la orquesta Nueva Alaska. Tanto el paso por OT como el pasado verbenero es algo que la cantante zaragozana tiene en común con David Bisbal, que siempre ha recordado agradecido su andadura con la orquesta Expresiones. Naiara comparte ese sentimiento: “Mi seguridad sobre las tablas viene de ahí”. Fue para ella una escuela “de canto y de compañerismo”. De alguien que canta en una orquesta de verbena se podrá decir que carece de personalidad propia —algo que en ese oficio tal vez sea una virtud—, pero nunca que canta mal. No duraría dos pases. Esfuerzo, constancia y sacrificio son tres sustantivos que nadie que no sea músico asociaría a una verbena. Son los que recita ella cuando recuerda nueve veranos que empezaron gracias al rigor materno: “Tenía 16 años, no quería estudiar. Y mi madre: ‘A trabajar entonces”.Hoy una aldea, mañana una capital. Un pasodoble bajo el sol, reguetón bajo las estrellas. Así se curte el carácter de los músicos de verbena, camaleones en una alfombra persa, soldados del “que no decaiga”. Pero también los mercenarios de la fiesta ajena tienen su corazón. Naiara lanzó en mayo su primer disco, La española, y no es difícil rastrear en él —entre pop y música urbana— su querencia por la copla. Todo cabe entre Natos & Waor y la Pantoja.Una verbena no es un concierto, pero en España existe una aristocracia de las orquestas de la que forman parte bandas como Panorama y París de Noia —­dos gallegas; Galicia es una potencia del género—, La Misión y El Combo Dominicano. El público las sigue de pueblo en pueblo y de Instagram a TikTok. El resto engrosa la inmensa clase media. Es el caso de La Jungla, combo con base en Burgos que mueve a 14 miembros (8 de ellos, músicos) y actúa en un camión escenario de 12 metros. La edad media de los cantantes —en su argot, “delantera”— es de 25 años. Esa delantera la forman Lucía Pérez Arnaiz, profesora de inglés en invierno, saxofonista de conservatorio y vocalista junto a Javier Fuente e Iván Díaz. Son ellos quienes deciden un repertorio que —fiel al carácter efímero de la verbena, ese rito con memoria de pez— cambia cada temporada. ¿Qué requisitos debe tener una canción para sonar en la plaza de un pueblo? “Que se la sepan nuestros padres y nuestros sobrinos”, responde Lucía. Ese es el primero. ¿Y el segundo? Que empaste bien con otras. Porque las canciones no se tocan enteras, sino como partes de un mix. Dos fijas de este año son ‘Berghain’, de Rosalía, y ‘Superestrella’, de Aitana. Pero la experiencia les dice que el momento estelar llega cuando suena ‘Soldadito marinero’, de Fito & Fitipaldis.Ninguno de los tres se quita de la boca la palabra “variedad”. Tanto, que cuando les preguntas por lo que más les gusta a ellos terminan respondiendo por lo que funciona: el mix italiano, el de Disney, los pasodobles… Pedro Alonso, el dueño de la orquesta, lleva el marketing a la conversación, desgrana sus virtudes ante la proliferación de discos-móviles y subraya con cierto orgullo algo que los hace especiales: el combinación de charangas. También añade la cosmovisión geoverbenera y cuenta que en Madrid gusta lo cañero, en Cantabria “lo tranqui” y que en Castilla y León se demanda el “pase de tarde”. Para que bailen niños y mayores antes de que la juventud tome posesión de su reino.El show dura cuatro horas y media, pero depende de lo que contrate el Ayuntamiento, que paga 8.000 euros de media a la orquesta y el 8% de esa cantidad a la SGAE en concepto de derechos de autor. Los montadores llegan cuatro horas antes; los artistas, dos. Hacen todo lo posible por dormir en casa. Los músicos prefieren tocar de corrido, pero admiten de buena gana el dichoso pase de tarde, que los obliga a tocar, parar dos horas y reengancharse a las once de la noche. A veces, a la una de la madrugada: “A mí también me gusta que mi abuela lo pase bien en la verbena”, zanja Lucía, que lleva, y no es un juego de palabras, la voz cantante. Ella es la que ocupa el centro en los carteles de la orquesta, un subgénero del diseño gráfico que ha evolucionado menos aún que el de los carteles electorales.Lucía disfruta el mix de rock español; Javi, el de urbano, e Iván, el de punk. No cuesta situarlos en la última franja horaria, lejos de La sirenita y más cerca de los bestias que de las bellas. Los tres reconocen que a veces aparece “gente pesadita” y que Lucía, por ser mujer, se lleva la peor parte. “No pasa de cero a cien y aprendes a gestionarlo”, dice ella, que alaba el don de Javier para lidiar con los babosos y con los que olvidan que el impacto de un cubito de hielo es como el de una piedra.Veraniega, nocturna, comunitaria, al aire libre, generacionalmente transversal y con su punto de efervescencia obligatoria —es el menú del día en la era de la oferta a la carta—, la verbena se resiste a dejarse formatear por el mercado. “No se consume como espectador pasivo”, explica César Rina, profesor de la UNED y experto en la historia de las fiestas españolas. Rina acaba de coeditar un volumen —Variaciones de lo popular/festivo— que analiza el cruce entre el “gen festivo” (la fiesta como condición antropológica del ser humano), una supuesta autenticidad ancestral (más o menos antigua pero prefabricada) y la globalización turbocapitalista. Si el cristianismo asimiló las celebraciones paganas de la cosecha, el mercado ha conseguido repaganizarlas para hacer rentable un tiempo esencialmente improductivo. Muchas veces, por la vía del turismo: “Por eso las fechas se mueven hacia agosto y se adaptan al calendario de trabajo. Antes era al revés”.Pero la verbena no es solo baile. También es feria, que conserva su fascinación incluso para aquellos que viven encima de un bazar. “Es que en la feria se gasta”, explica Rafael Bustos, feriante de Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real). Hijo, nieto y bisnieto de feriantes, a sus 53 años sigue haciendo 12 ferias por temporada. La revolución del consumo 24/7 ha hecho que se venda “la mitad” que cuando empezó, pero solo paró durante la covid: “Criminal”. Dos años en el dique seco, trabajando en el súper de un amigo. “Pero yo soy juguetero”, enfatiza. “Compro en fábrica: en Alicante. O en Caravaca de la Cruz, donde hay buenos peluches. Antes un peluche duraba dos temporadas. Ahora, con el TikTok, cambia todo”. Este año el hit ha sido el Dumpling, un saquito con ojos que ha “entrado de China”, pero no le convence. En abril se negó a llevarlo a Sevilla, pero en el Rocío se plegó a la demanda: “300 llegamos a vender”. Bustos se queja de las dificultades para contratar ayuda y de la burocracia: “Hasta certificado de penales me han pedido porque trabajo con niños. Lo entiendo, pero en cada sitio hay un papel nuevo”. A todo se sobrepone porque, dice, disfruta: “Para mí la feria no es un trabajo, es una forma de vida”.Lo certifican tanto la escritora Ana Iris Simón como el padre Ángel, fundador de la ONG Mensajeros de la Paz. Autora de Feria, todo un fenómeno editorial, la primera, de niña, pasaba los veranos con sus abuelos maternos, feriantes jugueteros. Recuerda dormir debajo del mostrador, pero subraya la revolución vivida en las instalaciones —en sus tiempos no había baños— y en las comodidades de las caravanas. A sus recuerdos se superponen los de su madre y sus tíos (“alguno es incapaz de dormirse sin ruido”). La feria era una comunidad en miniatura: “Hasta cartas llegaban con poner ‘recinto ferial de tal sitio’. Yo decía que era nieta de los bisuteros y montaba gratis en los aparatos. Un sueño”. En invierno, con todo, mentía en clase sobre el oficio de sus abuelos: “Luego me di cuenta de que la clase social es económica pero también cultural. Mis abuelos feriantes tendrían más dinero que los otros, agricultores, pero yo había interiorizado que ser nómada era menos. Y mira que eran alegres, abiertos con todo el mundo, sabían de geografía…”.El padre Ángel García Rodríguez se había olvidado de sus tiempos como “cura feriante” en Asturias, pero los recuerdos se le amontonan a medida que habla: los años sesenta, él con veintipocos (hoy tiene 89), en Luanco, en Lastres, en Nava, preparando el desayuno a los niños de los feriantes, ayudándolos con los estudios, casando a alguna pareja si se daba el caso: “Luego el padre Ángel Vivas y yo nos convertimos en feriantes”. Pusieron una tómbola para recaudar fondos destinados a unos pisos sociales en Oviedo. “Rifábamos muñecas y un jamón. Alguna vez tocó y nos lo devolvieron para seguir rifándolo”, recuerda. “Fue una época bonita. Se pasaba hambre y frío y se dormía en el suelo, pero los feriantes son optimistas, alegres. Ahora son gente de corbata, se han profesionalizado. Me alegro”. Y se despide dando las gracias por hacerle recordar: “Todavía me parece ver las luces de los puestos, el trajín de la fiesta, la música de fondo”. La verbena termina cada noche. Pero esa noche no se acaba nunca.