Los eclipses nos atraen y nos maravillan. Así ha sido desde el principio de los tiempos. Ese súbito oscurecimiento del sol causaba terror en algunas civilizaciones antiguas. Otras, lo consideraban augurios e intentaban interpretar sus señales.
Conforme el conocimiento fue dando respuestas a este inusual fenómeno, el interés científico sobre ellos fue ganando terreno, desterrando misterios y supersticiones. Hay quien dice que nuestra atracción por los eclipses se debe a que activa circuitos cerebrales relacionados con el asombro, la curiosidad, la inmensidad del universo o la ruptura con las rutinas.
Sea verdad o no, lo cierto es que la observación de un eclipse solar no se olvida nunca. Como no lo olvidaron quienes el 28 de mayo de 1900 vivieron otro, que tuvo la provincia de Toledo como lugar privilegiado para observarlo. Cuando ahora se repite este singular fenómeno astronómico, esta es la crónica de unos eclipsófilos toledanos de antaño en la Raña de Hontanar.
El eclipse de sol de 1900 fue el primero de una secuencia que se repetiría en 1905 y 1912. La zona óptima para observarlo fue una amplia banda que recorría oblicuamente la Península de este a oeste, desde las provincias de Murcia a Zamora. Toledo se encontraba en un lugar ideal para ello, sobre todo la Mancha y los Montes de Toledo.











