“De repente se ofreció a nuestros ojos el espectáculo más maravilloso que pueda imaginarse”. En el mediodía del 30 de agosto de 1905, el joven capitán de ingenieros Emilio Herrera Linares y otros cinco aeronautas se convirtieron en las primeras personas en observar la totalidad de un eclipse de sol desde las alturas de la atmósfera, a bordo de tres globos aerostáticos. Ante ellos, y tras elevarse sobre un mar de nubes, “apareció un cielo oscuro estrellado en el que brillaba la corona solar rodeando al disco negro de la Luna”, describió Herrera.

Los seis encargados de registrar los datos del eclipse habían despegado unas horas antes en parejas desde la ciudad de Burgos a bordo de tres globos: el Júpiter, el Urano y el Marte. Su misión era ascender hasta una altura de unos 4.000 metros y tomar datos sobre los cambios atmosféricos, fotografiar la corona solar y, sobre todo, registrar con precisión un intrigante fenómeno luminoso que se producía unos segundos antes y después de la totalidad: las conocidas como “sombras volantes”.

Los astrónomos ya habían observado aquellas misteriosas líneas de sombra oscilantes en el siglo XIX. Se producían justo antes del eclipse y al terminar, cuando una serie de bandas oscuras se proyectaban sobre el terreno durante alrededor de un minuto. En 1842 el astrónomo real inglés George B. Airy lo describió como “una extraña fluctuación de luz sobre las paredes y el suelo, tan impactante que en algunos lugares los niños corrían tras ella e intentaban atraparla con las manos”.