Entre los veintiuno y los veintiséis escribió cuatro novelas, cuatro piezas de teatro, una colección de relatos y un gran número de artículos periodísticos y de poemas; antes de cumplir los treinta y dos, estaba muerto. Nadie ignora que su nombre no era Stig Dagerman, sino Stig Halvard Andersson, y que era hijo ilegítimo de un obrero y de una telefonista a los que prácticamente no conoció; en el campo, donde lo criaron sus abuelos paternos, Dagerman descubrió a los desplazados de las ciudades, a los trabajadores sin trabajo y a los disconformes que se convertirían en personajes de sus libros y en el objeto de su acción política. Su primera gran crisis nerviosa tuvo lugar en 1950, cuatro años antes de que se suicidase; de ella salió gracias a su mujer, la actriz Anita Björk, que solía trabajar con Ingmar Bergman. Pero este tipo de soluciones siempre es circunstancial y más bien anecdótico: cuatro años después, el escritor —cuyas novelas y artículos lo habían convertido en una persona rica, además de en alguien tremendamente influyente y famoso en su país de origen— se metió en el garaje y se asfixió con los gases de su automóvil.Dagerman había sido reclutado a la fuerza en 1943 y sus experiencias durante las semanas y los meses posteriores le habían proporcionado el material de su primera novela. La serpiente —publicada dos años después, en 1945— fue la primera oportunidad para conocer el lenguaje vívido y expresivo al tiempo que extrañamente opaco que sería uno de los rasgos más salientes de su escritura, así como la plasmación más temprana de todos esos sentimientos de angustia, desesperanza, aburrimiento y terror que embargan a los personajes de sus libros. Cómo ser fieles a nuestras ideas en tiempos de catástrofes y hundimiento moral es la pregunta que —como una nube negra y densísima— planea sobre todas sus obras: Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, El hombre desconocido, La isla de los condenados, Niño quemado y ese extraordinario viaje de “las ruinas de una ciudad a las ruinas de otra” que es su Otoño alemán, todas publicadas en español. La serpiente no parece tanto una novela como una nouvelle seguida de seis cuentos. La primera narra principalmente la relación entre un soldado sádico y displicente y una joven llamada Irène, que trabaja en las barracas del campamento. Los otros tienen como protagonistas a alcohólicos, soldados, ancianos, “bocazas peligrosos”, contables, asesinos de niños y patriotas, todos convencidos de que el miedo que sienten “es el más grande del mundo”. August Strindberg y Pär Lagerkvist son influencias visibles, pero también Franz Kafka y Albert Camus —o Dino Buzzati, que supo combinar magistralmente a ambos—, y la modernidad de todo ello es ejemplar, un magnífico resumen de los alcances y las limitaciones del existencialismo en la literatura europea de posguerra.El autor creía que la literatura podía servir al avance social, y su anarcosindicalismo estaba más dirigido a cuestionar los abusos de poder y el autoritarismo que a denunciar ese poder y los vínculos entre política y economíaPara Dagerman la sociedad sueca era hipócrita y todo en ella era absurdo: su supuesta neutralidad en la Guerra Mundial, las relaciones entre hombres y mujeres, los ejercicios y tareas a los que se sometía a los reclutados, la vida en las barracas, la disciplina militar, el temor de algunos a una serpiente y el entusiasmo obsesivo de otros por ella, que alguien matase y estuviese dispuesto a morir por una simple orden. Pero el autor también creía que la literatura podía servir al avance social, y su anarcosindicalismo estaba más dirigido a cuestionar los abusos de poder y el autoritarismo que a denunciar ese poder y los vínculos entre política y economía que lo hacen posible. “Su literatura”, escribió Federica Montseny, “tradujo un estado de ánimo, una crisis profunda: demasiado joven para saber esperar; demasiado absoluto en sus sentimientos y pensamientos, Stig fue de los que no pudiendo creer en Todo, no pudieron creer en Nada”.¿Qué hace que algunos libros persistan? ¿Qué lleva a que sus autores y autoras sean leídos mucho después de su muerte? ¿Sólo el capricho editorial? No importa lo que suele opinarse al respecto: son ciertas épocas las que demandan determinados libros, y no otros, y lo hacen porque esos libros son un correctivo, una argumentación en su contra o su ratificación. Y la nuestra —que es descreída y nihilista y no sabe hacia dónde se dirige, pero está convencida de que tiene que hacerlo a toda velocidad— necesita los libros de Dagerman como suelen necesitarse las cosas que sacian la necesidad de certezas: con premura, ansiosa, desesperadamente.La serpienteStig DagermanTraducción de Carmen Montes CanoNórdica, 2026296 páginas. 22,50 euros