En nuestra relación con el astro-rey, hemos pasado de venerarlo como a un dios a demonizarlo como el causante de muchos de nuestros males en salud.

Este artículo es un intento por equilibrar los papeles y desmontar esa perniciosa creencia, pues ni el Sol es tan malo como lo pintan ni las cremas protectoras son tan beneficiosas como la propaganda nos quiere hacer creer.

Aunque el Sol es fuente de vida, es importante conocer aspectos básicos para exponernos de manera inteligente, que no es precisamente lo que está haciendo la chica de la foto.

Se denomina radiación ultravioleta (UV) a la radiación electromagnética cuya longitud de onda está comprendida, aproximadamente, entre los 10 y los 400 nanómetros (nm). Su nombre proviene de empezar su rango desde longitudes de onda más cortas de lo que los humanos identificamos como el color violeta (400nm), siendo dicha luz o longitud de onda invisible al ojo humano al estar fuera del espectro visible (380nm – 780nm). Esta radiación es parte integrante de los rayos solares y produce varios efectos en la salud al ser una radiación que oscila entre la inocua no-ionizante y la dañina ionizante.

En contra de lo que solemos creer, gracias a la propaganda, el hecho de aplicarnos un protector solar no va a forjarnos un pellejo de titanio, ni de resistencia ilimitada a los rayos ultravioleta