Kathy García @kathylandia_Decidí viajar a España para nadar mi primera maratón de aguas abiertas en el Mediterráneo. Sin buscarlo, aquella decisión desencadenó una cadena de generosidad: amigos y familiares ayudaron para que se cristalizara. Durante todo el viaje me alojé en casas de amigos o de amigos de mis amigos, personas que abrieron sus puertas para ayudarme a cumplir este sueño.Antes de subirme a ese avión, hubo meses de entrenamiento en el mar. Nadé mucho, buscando islotes para bordearlos: el islote Sucre, la isla Salango y el trayecto desde Salango hasta Puerto López. Incluso llegué a internarme en mar abierto durante la noche. No se trataba únicamente de preparar el cuerpo, sino también de entrenar la mente.PublicidadViajé de noche, con la nariz pegada a la ventana del avión, contemplando durante horas las estrellas más cercanas que había visto. Volví a dormirme sabiendo que, por primera vez, sobrevolaba el océano Atlántico. Desperté al tocar tierra en España, aunque todavía faltaba una semana para encontrarme con aquello que realmente había ido a buscar.La espera también tenía su propio ritual. Me senté en la arena de Benidorm y allí estaba: una roca con forma de iguana, a más de tres kilómetros de la orilla. Soñé con ella varias noches y, con cada sueño, comenzaban a desvanecerse los dos meses de incertidumbre sobre si mi cuerpo resistiría el desafío.Boleto a... Austin, a ritmo de Fórmula 1PublicidadPublicidadDurante los días siguientes caminé por las colinas de La Vila, observando la isla desde todos los ángulos, como quien estudia a un rival antes del combate.La mente antes que el marUna vez allí, lo más importante era mantener la disciplina mental construida durante los meses de entrenamiento: adaptarme a la comida, al territorio y a un horario diferente. Miraba la isla desde distintas perspectivas y me visualizaba nadando hasta ella y de regreso.La mañana de la carrera llegué a la playa cuando el cielo aún estaba oscuro. Al amanecer, el sol tocó la roca mojada y sentí un deseo inmenso de entrar al mar. Me sumergí imaginando que la enlazaba con un cabo interminable para llevarla de vuelta al Puig Campana. El sol pintaba de dorado los edificios de la costa, del mismo modo que me iluminaba el brazo cada vez que rompía la superficie del agua.Durante buena parte del recorrido me prohibí mirar la isla: solo importaban el trayecto y la siguiente boya. El mar estaba en calma y yo seguía con fuerza, contando las brazadas y respirando profundamente. Un calambre me sorprendió, pero no dejé de nadar.Boleto a… Madrid: crecer desde ceroCuando la isla quedó a mi izquierda, sentí que ya había ganado, aunque todavía me faltaba la mitad del recorrido. De cerca, la roca ya no parecía una iguana, sino un pedazo de pizza. Pequeñas victorias.PublicidadEl regreso contra la corriente Después de rodear la isla llegó la corriente y, con ella, la desorientación. Las boyas se habían movido y no lograba distinguir la dirección. Nadie me veía y yo tampoco veía a nadie. Elegí un edificio de la costa como referencia y nadé hacia él. Los rayos del sol formaban túneles de luz bajo el agua, mientras un cardumen de sardinas brillaba al atravesarlos.Cerca del final, mi cuerpo continuaba fuerte y sin dolor, aunque las últimas boyas parecían multiplicarse. Me repetí: «Cálmate». Profundicé la respiración, aceleré el ritmo y mantuve la mirada únicamente en la siguiente boya. Alcancé y dejé atrás a otro nadador. El mar volvió a serenarse.Entonces vi la llegada y a la gente que observaba desde la colina. Durante las últimas brazadas, esa emoción me sostuvo. Caminé hacia el arco de llegada bañada de satisfacción, sintiéndome tan fuerte como la roca que acababa de rodear. Había completado mi primera maratón de aguas abiertas en el Mediterráneo. La isla y yo nos fuimos juntas.Hay una frase de Jamaica Kincaid que repito desde hace tiempo: «Elijo poseerme a mí misma». Fue el mantra que me llevó hasta aquella orilla y también resume por qué nado. Aprendí a hacerlo hace 25 años, pero regresé al agua hace poco más de una década. Primero lo hice por necesidad, para atravesar una depresión; hoy, por puro placer.Gracias a quienes me acompañaron en este viaje, de todas las formas posibles. (O)
Boleto a... Benidorm, abrazada por la isla
En la costa mediterránea de España, en Alicante, una maratón de aguas abiertas se convierte en un desafío físico y mental marcado por las corrientes del mar.













