A la sombra de unos aguacateros, Pedro Reyes, de 54 años, se toma un descanso mientras limpia su finca ubicada en Tegueste, en el noreste de Tenerife. La parcela, dedicada principalmente al cultivo de la vid, es una herencia de su padre, que perteneció a “la generación del químico”: aquella que apostó por la aplicación de fertilizantes y productos fitosanitarios día sí y día también para aumentar la producción y reducir el trabajo en el campo.

Pero ese uso masivo de químicos dejó los suelos “muy pobres”, dice Reyes, incluso “quemados”. Hasta que un amigo le habló de la viticultura regenerativa, una forma de cultivar que apuesta por no labrar la tierra y devuelve la vida al suelo.

Para ello, esta práctica crea cubiertas vegetales y aumenta la materia orgánica, favoreciendo la actividad de insectos y microorganismos que ayudan a recuperar el equilibrio natural del terreno y al control de plagas. Unos suelos más vivos son también capaces de retener mejor el agua, fortalecer la resistencia de las viñas y almacenar más carbono, contribuyendo así a mitigar el cambio climático causado por la quema de combustibles fósiles (gas, carbón y petróleo).

“Se trata de devolverles la vida a los suelos. Y, a partir de ahí, todo cambia. Ves salud, cada vez más salud. Hasta las ciruelas del ciruelo que tengo ahí abajo son más sabrosas. Al final encuentras un equilibrio que se mantiene solo”, resume Reyes.