Victoria Torres Pecis es una viticultora heroica de La Palma. En los últimos 10 años ha tenido que luchar contra la sequía, las temperaturas extremas, la erupción del volcán y la presión de la fauna. Una parte de los vinos que presentó hace unos días en Madrid, en la cata de su distribuidor Cuvée 3000, eran fruto de la mezcla de añadas.En 2016, los efectos de El Niño fueron devastadores en la isla. “Fue un bofetón sobre la nueva realidad climática; me vi casi sin uva para hacer vino”, recuerda Torres Pecis. En su viñedo más emblemático y elevado del paraje Las Machuqueras, en el sur de la isla, la poda algo agresiva con la que quiso aliviar a sus plantas tras la sequía llevó a una pérdida de equilibrio. Durante unos años, vinificó por separado sin decidirse a sacar los vinos al mercado. “A fuerza de catar, descubrí que el ensamblaje de varias añadas reconectaba con la expresión de la parcela. Fue una especie de encuentro y una lección de lo que puede aportar el tiempo en la viña y en la bodega”, explica la productora palmera.Esta práctica no es nueva. Al contrario, es típica de Jerez, con su sistema de criaderas y soleras que busca un efecto homogeneizador, y también de Champagne, región límite de cultivo que neutraliza de esta forma cosechas complicadas, limitándose a producir millésimes o vinos de añada en las mejores vendimias.Rioja también dominó este arte. Aunque los productores solían reservar ciertas cantidades de vinos de añada, la mayor parte de la producción eran mezclas tremendamente diversas (viñas, variedades y también cosechas) que se etiquetaban en función del tiempo de reposo en bodega, como segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto año. Todo esto cambió en los años ochenta con la introducción de los indicativos de crianza, reserva y gran reserva y la obligación de que el 85% del vino que había dentro de la botella debía ajustarse a la cosecha indicada en la etiqueta.Bajo el acrónimo CVC (conjunto de varias cosechas), la categoría se convirtió en un cajón para vinos baratos. Hasta que Marcos Eguren, de Viñedos Sierra Cantabria, transformó un proyecto de tinto parcelario de largo envejecimiento en un ensamblaje de añadas (él también vio en esta técnica la mejor expresión posible para su vino) y lo lanzó a un precio estratosférico bajo las tres iniciales denostadas.Desde entonces, hemos visto en la región experiencias con vinos blancos (Chocolate, de Bodegas Orben); ediciones conmemorativas, como el Santalba Veinticinco Vendimias, que partió de vinos embotellados de la cava histórica de la familia, o propuestas de jóvenes productores, como Las Robadas, de Bodegas Betolaza. Con esta práctica también se puede tocar el cielo. Uno de los vinos más fascinantes que he probado fue una selección de botellas de Viña Real de los cuarenta y cincuenta con niveles bajos de vino que se mezcló en los años setenta en botellas de un litro de capacidad. Tenía la complejidad, frescura y persistencia de los mejores riojas viejos.Sin embargo, el tinto español más famoso y consistente de la categoría es el Reserva Especial que Vega Sicilia elabora en Ribera del Duero. Combina tres cosechas que aventajan en edad a la añada en curso de Único, al que supera siempre en precio (actualmente, 600 euros frente a 440 euros). Frente a Único 2016, el Reserva Especial que está ahora mismo en el mercado es un ensamblaje de 2011, 2012 y 2014.Independientemente de que la razón de la mezcla sea la tradición, la necesidad o simplemente la mejora cualitativa, el resultado será siempre un vino más maduro, complejo y desarrollado. La ecuación vale igualmente para los blancos, como se ve en la versión CVC, más voluminosa y opulenta, que hace Elías López Montero de su airén Las Tinadas, en Castilla-La Mancha, y en la profundidad que alcanza la versión multiañada de Las Machuqueras.En el fondo, resulta tranquilizador que el mundo del vino tenga un buen número de herramientas para dar respuesta a los retos actuales y que se puedan interpretar de forma tan diversa.Tres visiones del ensamblaje de añadasLas MachuquerasVictoria Torres PecisLa Palma es la isla bonita de Canarias, pero sus viñedos, especialmente los del sur, han sufrido lo indecible en los últimos años. La combinación de cuatro añadas (de 2016 a 2019) aporta complejidad y realza la personalidad de Las Machuqueras, un paraje situado frente al mar en el que la familia Torres lleva cultivando la viña desde hace cinco generaciones. Un vino de profundidad y personalidad, con evolución a notas de petróleo, mucha presencia en boca y con una salinidad marcada.·Tipo: listán blanco, 13%·Precio: 43 eurosRoc Singulars Blanc de 3 Anys en RamaSant Josep VinsLa cooperativa de Bot, en Tarragona, ha recuperado su antiguo blanco de tres años: una solera cuya saca se destinaba tanto a la venta a granel como a rociar la criadera de su rancio seco. La propuesta actual procede de una solera iniciada desde cero en 2014 y que ha esperado a su décima saca para salir al mercado. Criado en hormigón, el vino se comercializa sin filtrar y ofrece una versión seria y profunda de las garnachas de Terra Alta, aunque, por el tipo de elaboración, no puedellevar el sello de la DO.·Tipo: garnacha blanca, 13%·Precio: 18 eurosFino Caberrubia NV Saca X Bodega Luis PérezDespués de tocar casi todos los palos de las tradiciones jerezanas (vendimias escalonadas, asoleo, finos sin encabezar, vinos de pasto, espumosos…), Willy Pérez se remonta a la tradición de dejar vinos en envejecimiento para mejorar mezclas y propone, frente a la solera, una combinación de añadas, fruto de un proyecto que arrancó en 2013 y que busca expresar el mayor número de matices del pago de Carrascal. En esta saca manda la cosecha 2017, con 30% de 2018 y una bota de 2019.·DO: Jerez ·Tipo: palomino, 15%·Precio: 35,50 euros