OpiniónLa poesía o la música, cercanas a la oración y al rito, no se someten a la literalidad de la razón, las ideologías, ni a los relatos oficiales.ARTISTA INDISCIPLINAR, MÚSICO, GESTOR CULTURAL.07.08.2026 22:01 Actualizado: 07.08.2026 22:01 Han declarado la batalla cultural. Cuando vengan por mí, no me encontrarán en una trinchera. Es más probable que ande en medio de un corrinche en el Festival Petronio Álvarez, en una rueda de bullerengue, una alborada en el Caribe, un recital o una comparsa de carnaval. Si fuera más joven andaría en pogos y raves.Ahora que no salgo tanto de fiesta, me refugio en otras actividades inútiles: leer en la hamaca, conversar con amigos alrededor de un café, caminar sin rumbo por las calles; llevar una ofrenda de flores a nuestros muertos, regar el jardín, o sencillamente compartir el silencio con alguien cercano.Una cultura libre no florece en las trincheras de la confrontación a la que nos convocan, sino en espacios donde el pulso de la vida se siente y el tiempo transcurre de otra manera, donde se celebra, se goza, se acompaña y se respira.La poesía o la música, cercanas a la oración y al rito, no existen para explicarnos el mundo o brindarnos información. Son lenguaje de la abstracción o abstracción del lenguaje. No se someten a la literalidad de la razón, las ideologías, ni a los relatos oficiales.“No amo a mi patria... pero daría la vida por diez lugares suyos...”, va diciendo el poeta José Emilio Pacheco en Alta traición.El arte, en esencia ingobernable, es el territorio libre de la imaginación, la memoria y la sensibilidad. Hannah Arendt decía que el arte es más poderoso que la acción porque es imprevisible e imprescindible. El arte, en esencia ingobernable, es el territorio libre de la imaginación, la memoria y la sensibilidad. Se resiste a gobiernos autoritarios, a tristes burócratas en cabeza de instituciones culturales, y a la idea de reducirlo todo a la categoría de simple mercancía.La diversidad bien manejada es fuente de riqueza, pero la diversidad mal manejada genera conflicto, y en el conflicto hemos vivido por generaciones. La batalla cultural pretende uniformizar a la gente y hacer del poder un espectáculo. Quien se crea dueño de las respuestas definitivas ya no escucha, ni sabe conversar con sus semejantes. El arte guiado por el poder político se vuelve propaganda.Es hora de desarmar los corazones y las palabras. Ser capaces de escuchar, meterse en la piel de los demás como lo hacen escritores o actores. Para entender al otro, para concertar o disentir sin negarnos o matarnos. Decía Fanny Mikey: “Todo es posible en la vida. Lo único imposible es la guerra”.El arte no cambia el mundo. A veces nos salva de él. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.
Disidentes de la batalla cultural
La poesía o la música, cercanas a la oración y al rito, no se someten a la literalidad de la razón, las ideologías, ni a los relatos oficiales.







