Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00La poesía, madre de la filosofía, está vinculada desde el principio de los tiempos —en caso de que estos hubieran tenido un comienzo— con la política, que no es solo el arte de conducir a los pueblos, a veces hacia el matadero, sino también la capacidad de comprender y combatir el poder, cualquiera que sea su rostro. La política está presente en la Ilíada y la Odisea, en los relatos mitológicos de la Biblia, en la Comedia (tan divina ella) de Dante. Poesía y política, amantes desde siempre, comparten una misma esencia.No hay que confundir poesía con propaganda. Ni con proselitismo. Tampoco con la vulgaridad de una tonadilla desechable que pueda formar parte de una campaña electoral. “¡Ustedes, cómodos pequeño-burgueses! / ¡Oh, malditos sean, tres veces! / Y mis poetas, / ¡oh, benditos sean mil veces!”, decía el gran Mayakovski, el suicida, en su Oda a la revolución. Poesía y política. Solo hay que leer a Vallejo: “Y el cadáver, ay, siguió muriendo”.Cuando alguien dice que la poesía no debe contaminarse con la política, que no es para abrir los ojos ni sensibilizar sobre la explotación del hombre por el hombre, se incurre en una negación inaudita. La poesía no es inocente. Ni para arrullar bebés. Es para despertarlos. Hay nanas, como la de la cebolla, que invitan a mirar más allá del horizonte, que a veces es triste, y en otras es arrebolado: “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba”, solloza Miguel Hernández.¿Cuánta política hay, por ejemplo, en los poemas de Baudelaire o en cualquiera otro de los llamados poetas malditos? Toda la que quieran. Y cómo no va a haber política en las obras de Barba Jacob, de León de Greiff y de Nelson Osorio. Este último, en una de sus creaciones de los sesenta, decía que la angustia existencial se cura con El Manifiesto. Que, por lo demás, tiene un cierre poético: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. Una maravilla, utópica si se quiere, pero necesaria.Se ha dicho, por ejemplo, en palabras ya muy célebres y celebradas que para qué escribir poesía después de Auschwitz. O más todavía: después de esa aberración deshumanizante y bárbara, hay que escribir poesía de otra manera. Y uno va a ver y habría que escribir una poesía muy dolida y honda y que se quiebre la voz al recitarla después del genocidio de Gaza, de los niños asesinados, de todos los oprobios cometidos por la dupla sanguinaria de Estados Unidos e Israel, que, además de querer borrar al pueblo palestino, desea, en sus intereses rentistas y criminales, convertir Gaza en un resort, una nueva Riviera.Qué poesía tan triste y tremenda en su sentido de proclamar un canto político, un grito orgulloso y dolido, una constancia existencial. “La tierra se estrecha para nosotros”, dice el poema de Mahmoud Darwish. “Nos hacina el último pasaje y nos despojamos de nuestros miembros para pasar”. Claro que hay política en la poesía palestina: “¡Adónde iremos después de las últimas fronteras? / ¿Dónde volarán los pájaros después del último cielo?”.Después de tantos horrores, del exterminio, del despojo, de los crímenes de lesa humanidad cometidos por las potencias, la poesía debe contar y cantar otras historias, tal vez con otras entonaciones y palabras nuevas, pero, al fin de cuentas, con toda la fuerza de la indignación: “Aquí moriremos. Aquí, en el último pasaje. / Aquí o ahí... nuestra sangre plantará sus olivos”. Poesía y política son cómplices.Entonces, ¿cómo sostener que poesía y política no deben mezclarse? ¿De dónde sale esa patochada? ¿Qué se pretende cuando alguien afirma que el arte y la política no pueden casarse? Aquí viene la voz de Wislawa Zsymborska, en “Hijos de la época”: “Somos hijos de la época, / la época es política. / Todos tus asuntos, los nuestros, los vuestros; / asuntos diurnos, asuntos nocturnos / son asuntos políticos”. Y qué tal nuestro Tuerto López cuando, por ejemplo, advierte sobre la “emigración” que mancha el bulevar y no deja pasar a un caballero de porte señorial “luciendo alto sombrero / y olorosa gardenia en el ojal”.Claro que poesía y política van juntas. Caminan de la mano, a veces saltan como muchachas de antiguo juego de acera: “Que pase el rey que ha de pasar…” (hacia la guillotina). Poesía y política contra las dictaduras, contra la guerra, contra las ocupaciones, contra el despotismo. Poesía por las víctimas de las bombas atómicas y por el hambre de un niño en la calle. Ah, claro, el hambre es política y, en cuantiosas ocasiones, la promueven ciertos políticos.Poesía y política se abrazan y, por qué no, a veces también pueden divorciarse. Pero afirmar que no se pueden mezclar, que es una blasfemia que se arrejunten, es de lo más antipoético que se ha visto.Conoce más