Ensayos, reediciones y nuevos lectores subrayan la vigencia de una generación que quiso introducir intimismo y exuberancia verbal en la poesía española de posguerra

El grupo Cántico, uno de los fenómenos más singulares de la poesía española del siglo XX, pudo haber desaparecido sin dejar rastro. En 1976, cuando el poeta Guillermo Carnero dedicó un estudio antológico a esta revista que había publicado su último número dos décadas antes, su legado había caído en el olvido. “Cuando oí hablar de ellos, a primeros de los setenta, no había ni un solo libro suyo en las librerías. Era una ausencia total”, recuerda el escritor Luis Antonio de Villena, que acaba de publicar un libro, La vida exquisita y esquiva de Julio Aumente (Editorial Cántico), que reúne recuerdos ligados al miembro más díscolo y heterodoxo de aquel colectivo efímero.

Cántico fue, en su momento, un fenómeno marginal y precario: una revista literaria de vida breve —tuvo dos etapas, entre 1947 y 1949, y entre 1954 y 1957— impulsada por un grupúsculo de jóvenes autores cordobeses: Pablo García Baena, Ricardo Molina, Juan Bernier, Mario López y el citado Julio Aumente. La Guerra Civil estaba muy reciente y la poesía de la época, que comenzaba a abrirse a lo social, solo admitía el existencialismo religioso y el clasicismo patriótico.