Dos antologías constatan la vitalidad del género y revelan, quizá por primera vez, una mayoría de mujeres entre las voces más destacadas
Nadie ha dejado de leer poesía y por supuesto nadie ha dejado de escribirla tampoco en el siglo XXI. A quienes siguen de cerca esta manía feliz les parece de hecho que el género está vivísimo y animado como pocas veces. Proliferan pequeñas editoriales más allá de Visor, Hiperión, Tusquets o la extinta DVD (con La Bella Varsovia, La Uña Rota, Cántico o Ultramarinos) y existe una miríada de premios que sirven para detectar voces y avisos, a veces hasta alcanzar el
9-30/lola-tortola-gana-el-premio-nacional-de-poesia-joven-por-su-voz-personal-contundente-y-cargada-de-imagenes-sugerentes.html" data-link-track-dtm="">Premio Nacional de Joven Poesía Miguel Hernández, creado en 2010, y no mal indicador de valiosas novedades (la última premiada, de 2025, es una estupenda, vivaz e irónica Elisa Fernández Guzmán).
Algo ha de estar pasando para que estas dos antologías del primer cuarto del siglo XXI seleccionen en torno a medio centenar de nombres (y citen a otro medio centenar no antologado), y apenas haya cinco nombres que se repitan en una y otra antología. La que edita Cátedra de la mano ultraacadémica de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández incluye autores nacidos a mediados de los ochenta (lo que permite seleccionar a la Berta García Faet de “soy un ser de deseo”, la elusividad de Elena Medel, las ironías mates de Ben Clark o las violencias a menudo crudas de Bibiana Collado), mientras que el criterio más subjetivo y relajado de Juan Marqués para la colección Vandalia se ciñe a los nacidos a partir de 1990. Sus semblanzas de cada poeta están hechas a mano, sin ínfulas y vividas como lector y a menudo colega (él también es poeta). Tiene sentido por tanto citar expresamente los nombres de los poetas que aparecen en ambas: Luna Miguel, Rosa Berbel, Juan Gallego Benot, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz, que es la más joven, nacida en 2000. Y tiene más sentido todavía porque en su mayoría son mujeres. Juraría que es la primera vez que la cartografía profesional de la lírica de una etapa registra sin instinto de cuota una profusión de voces de mujeres tan vivaces como las que reflejan ambas antologías.






