Ana PalacioActualizado Viernes,

agosto

22:51Hace unos d�as publiqu�, en estas mismas p�ginas, un art�culo sobre la crisis de Ceuta ("Anclajes de la acci�n exterior", 05/08/26) que tuvo una difusi�n en redes muy superior a la habitual. Junto a comentarios razonados -favorables y cr�ticos- apareci� una riada de mensajes cortos -dos o tres t�rminos, aut�ntico florilegio de insultos-, as� "Traidora"/"Vendida", o denigraciones de car�cter sexual, "Follamoros"/"Puta"/Guarra (con ortograf�a cl�sica o versi�n WhatsApp "warra"), y ominosos anuncios -"Lo pagar�s"/"Al pared�n"-. Curiosamente, no proced�an todos del mismo frente ideol�gico. Mientras unos me convert�an en agente de Mohamed VI, otros recordaban Irak, como si la pol�tica consistiera en asignar etiquetas vejatorias. Me aburr� de expulsar a ultrajadores y calumniadores en mi ventana de X.El episodio apenas tiene inter�s personal. S� lo tiene, en cambio, el fen�meno que revela. La injuria acompa�a a la vida p�blica desde que existe la pol�tica. Lo verdaderamente novedoso es cosa distinta: nunca hab�a resultado tan f�cil separar la palabra de la responsabilidad. No es casual que las primeras constituciones liberales concedieran tanta importancia a la publicidad del debate y a la libertad de imprenta. Nuestra Constituci�n de C�diz de 1812 es un bello ejemplo de esa confianza ilustrada en que las razones pueden circular, contrastarse e incluso persuadir. La deliberaci�n no se concibi� como adorno del sistema representativo; se erigi� en condici�n de su viabilidad. Gobernar mediante leyes significaba aceptar que la fuerza deb�a ceder ante el argumento y que la palabra p�blica obligaba tanto a quien la pronunciaba cuanto a quien la escuchaba.Hablar ten�a, pues, un coste. Quien insultaba deb�a hacerlo con su nombre, su rostro y su reputaci�n. Una carta, un art�culo o un discurso compromet�an al autor, a quien los escrib�a, a quien lo pronunciaba. Incluso el panfleto an�nimo requer�a un esfuerzo material y supon�a asumir cierto riesgo. Hoy basta un tel�fono m�vil y una cuenta cuyo titular puede muy bien ser ficticio. La arquitectura tecnol�gica ha conseguido algo extraordinario: multiplicar hasta el infinito la capacidad de vociferar, de vilipendiar; mientras reduce pr�cticamente a cero el precio de hacerlo.No sabemos cu�ntos de los avatares son proyecci�n de personas reales, cu�ntos son ristras coordinadas y cu�ntos simples programas. Tampoco importa demasiado. La experiencia del destinatario apenas var�a. Lo decisivo es que el dise�o mismo de la conversaci�n p�blica ha dejado de premiar el argumento para premiar el impacto. La atenci�n se ha convertido en la moneda de cambio y el exabrupto cotiza mejor -m�s likes, m�s followers- que el razonamiento.Quiz� por eso convendr�a cesar de hablar �nicamente de haters. La palabra describe un estado de �nimo, pero no explica un modelo de comunicaci�n. El odio exist�a mucho antes de internet. Lo que las redes han transformado es su expresi�n y, sobre todo, la rentabilidad de hacerlo. El insulto ha dejado de ser una pasi�n para transfigurarse en formato. Hay perfiles cuyo �nico contenido consiste en producir indignaci�n, en menoscabo de la informaci�n y el respeto. No pretenden convencer a nadie. Su �xito se mide por la reacci�n que provocan entre propios y extra�os. Cuanto m�s airada, m�s bestia y m�s reiterada, mejor.El fen�meno coincide con otro rasgo inquietante de nuestras democracias, el progresivo abandono del di�logo como m�todo de persuasi�n. La pol�tica liberal naci� de una convicci�n exigente: que los desacuerdos pod�an tramitarse mediante la palabra. No porque todos debieran acabar pensando igual, sino porque el intercambio de razones permit�a reconocer en el adversario un interlocutor leg�timo y exist�a la esperanza de acortar distancias. Esa tradici�n no exclu�a la pasi�n. Pero exig�a la voluntad previa de convencer.Hoy esa voluntad parece retroceder. En demasiadas ocasiones no se discute para aproximar posiciones, sino para marcar identidades. El destinatario real del mensaje ni siquiera es el denostado, sino la tribu de pertenencia. El objetivo deja de ser modificar el juicio ajeno y se centra en obtener el aplauso de los afines. La conversaci�n p�blica se transforma as� en una sucesi�n de mon�logos simult�neos -cuando no sarta de vituperios- aireados en c�maras de eco. El insulto ya no es un exceso del sistema; es el lubricante que mantiene en marcha esa irracional l�gica.Las redes sociales no han inventado la agresividad humana. Han eliminado, en cambio, muchos de los filtros que durante siglos hicieron posible la convivencia. Las comunidades ciudadanas aprendieron hace mucho tiempo que la basura -la escoria social- deb�a canalizarse extramuros. No para que dejara de existir, sino porque la vida com�n exig�a separar la plaza del alba�al. Hemos construido, sin apenas advertirlo, un espacio p�blico digital donde esa frontera vuelve a desdibujarse. Lo admirable convive con lo abyecto. Una discusi�n inteligente puede quedar sepultada en pocos minutos bajo una avalancha de execraciones repetidas mec�nicamente.No es una cuesti�n de cortes�a. Es una cuesti�n de libertad. All� donde la palabra deja de llevar aparejada responsabilidad se agosta, acaba perdiendo tambi�n autoridad. Y cuando el razonamiento pierde autoridad prosperan inevitablemente quienes sustituyen los argumentos por los reflejos, el di�logo por el trincherismo y la discrepancia por la descalificaci�n. La consecuencia m�s preocupante no es el aumento del insulto, sino la p�rdida de la curiosidad. El adversario deja de ser alguien a quien comprender y refutar para convertirse en un enemigo al que etiquetar en pos del aplauso de la banda. La democracia liberal presupone ciudadanos capaces de admitir que el otro puede tener -al menos- algo de raz�n. El zanjismo parte exactamente de la premisa contraria: el otro no es interlocutor, es obst�culo cuyo escarnio basta para invalidar cuanto diga. Cuando desaparece la posibilidad misma de persuadir, desaparece el incentivo para razonar.La calidad de una democracia no depende �nicamente de sus instituciones. Depende tambi�n del comportamiento de sus ciudadanos, en particular del modo en que utilizan la palabra. Conviene recordarlo precisamente ahora que cualquiera puede dirigirse a miles de personas. Porque el verdadero progreso tecnol�gico no consiste en que todos podamos decir cualquier cosa; radica en que sigamos sinti�ndonos responsables de las palabras que esgrimimos. La democracia no muere el d�a en que se proh�ben las elecciones. Empieza a debilitarse mucho antes: cuando los ciudadanos dejan de creer que merece la pena convencer y comienzan a conformarse con insultar.