Los dos terroristas arrepentidos que declararon en abril de 2024 ante el juez Manuel García-Castellón seguían utilizando todavía, inconscientemente, la fórmula que tantas veces habrán oído dentro de ETA: sus jefes les habían ordenado que atentasen “contra casas cuartel de la Guardia Civil”, según recogían las actas judiciales que publicaría EL PAÍS el 23 de septiembre.
“Atentar contra casas cuartel”, como la de Santa Pola en 2002 o la de Zaragoza en 1987, constituye un duro ejemplo de palabras parapeto, aquellas que interponen objetos o conceptos entre esas acciones y los perjudicados por ellas (adultos y niños asesinados), con el efecto de reducir el impacto de lo ocurrido. Porque “atentar contra las casas cuartel” resulta compatible en su sentido con el hecho de que estuvieran vacías, y expulsa de la expresión a las personas que las habitaban. Sin embargo, aquellos atentados no se dirigían contra viviendas desocupadas, en cuyo caso daríamos por buena la afirmación, sino contra los hogares donde vivían los agentes y sus familias, personas que murieron entre los escombros y que quedaban silenciadas. “Casas cuartel” se sitúa, pues, como parapeto entre las bombas y los asesinados.
De parecido modo, Israel dice que bombardea “objetivos” en Gaza; unos objetivos muy subjetivos, por cierto. En ellos se encuentran familias desarmadas que mueren simplemente por vivir allí: dentro del objetivo; como murieron quienes vivían dentro de una casa cuartel.






