Te puede gustar mucho Common people de Pulp, pero tienes que haber sido clase media aspiracional para que la canción te cale hasta los huesos. Si no es así te quedas en su umbral emocional, la frontera inexpugnable de la empatía. Si tienes un papá al que llamar cuando jugar a ser pobre se hace insoportable, no eres pobre, no eres como nosotros, la gente normal. La mediocridad social es vivir sin red, sin el comodín de la llamada al público, es todo o nada, aburrido y desesperado y aburrido otra vez. Disimulando tus estudios, cortándote el pelo, beber y follar por hacer algo, por saber si aún se está vivo. No es casual que en esa canción, su compositor, Jarvis Cocker, guíe cual Virgilio a la niña rica en aquel descenso a la vida de la gente de presente inmediato a un supermercado. ¿Por qué no empezar por aquí? Se pregunta. En realidad, no hay mejor sitio que éste.Diagonal Mar es un centro comercial limpio y digno, frontera de reinos que solo puede unir un monstruo de diversión y compra que no expulse ni a unos ni a otros. Está lleno de escaleras mecánicas, exhibe un cierto orden sensato y tiene todo lo que puedas querer comprar. Los centros comerciales fueron los ejemplos perfectos –junto a las habitaciones de hoteles– del concepto primigenio de no lugar pero el tiempo se lo ha negado, con la llegada masiva de los nativos digitales. Para éstos son lugares ligados a la identidad, no impersonales, sino susceptibles de ligazones, vínculos humanos.Hace tiempo que todos nos hemos convertido en productos de supermercadoQuedas en un centro comercial, pasas la tarde con tus padres o tus hermanos, tomas un batido, te ríes con tus amigas, vacilas con tus colegas, te citas, te retas, vas al cine, rellenas con un montón de recuerdos esta inmensa masa madre frente al esqueleto varado y fósil del Fórum de las Culturas.Cuando yo era pequeño, no teníamos pueblo de pertenencia ni hacíamos vacaciones. Nos convertíamos, en cierto modo, en custodios del barrio hasta que volvieran todos los demás. El día más divertido de esos meses era el día que cogíamos el coche y nos íbamos a comprar al Carrefour de El Prat. Allí todo era excitante, los suelos brillaban, los carritos de la compra volaban por ellos. Había de todo y había mucho de todo. Pero sobre todo éramos bienvenidos. Absolutamente. Te esperaban y eras homologable: tus pantalones y tu camiseta, tu hermana, tu abuela, tus padres, tus primas venidas de Madrid, el coche en el aparcamiento.Era centro de acogida porque parecía que el dinero no importaba. Los adultos no parecían mirar precios, tus opiniones eran tenidas en cuenta (y si no, bastaba un disimulado lanzamiento del capricho negado al carrito), y llegada a caja –ah, esas cintas deslizadoras, esas dependientas de dedos larguísimos y rápidos–, fuera la cantidad que fuera, tus padres respondían. Billetes, monedas, a crédito. Podíamos pagarlo. Estábamos dentro. Éramos clase media. Orgullo.Aunque me sepa todos los trucos, me sigue gustando el juego. El petirrojo del logo de Alcampo, tan en apariencia inofensivo, se ha comido desde que en 1979 apareció por aquí a cadenas como Jumbo o Sabeco y, si uno se fija bien, Decathlon o Leroy Merlin tienen un aire a este supermercado porque todos tienen el mismo amo. Oh, por supuesto, podríamos volver a comprar en pequeñas tiendas, ir a buscar gallinas y lechugas y pagar lo justo por ellas, pero tenemos cosas más importantes que estar salvando el mundo diversificando nuestras compras.¿Se han fijado que nunca hay ventanas al exterior? ¿Que la iluminación es siempre constante o que no existen relojes visibles que les alerten del paso del tiempo? ¿Que las cosas más pequeñas, apetitosas (y prescindibles) están cerca de la caja cuando tu cerebro ya está agotado de tomar decisiones? La abundancia y las opciones diversas producen un placer inmediato de bienestar y control. Poder elegir lo que se quiera, poder pagarlo. La abundancia genera un instinto de acumular por miedo a que falte este o aquel producto. Por no hablar del papel higiénico, ese misterio.Pasando las horas entre esos pasillos, no dejo de darle vueltas que hace ya tiempo que nosotros también nos hemos convertido en productos de supermercado. Buscamos experiencias, tenemos (a priori) sobreabundancia de opciones, competimos con otros productos, somos de un único uso, caducamos, podemos comprarnos o vendernos y luego no utilizarnos. Si no eres tú –en el trabajo, en la cama, en el móvil– será otro, porque las cualidades no importan, sino que lo que es imprescindible es que en la estantería no se vean huecos vacíos. Horror vacui de supermercado. Gente corriente. Como tú y como yo.
Alcampo Diagonal Mar: perdido en un hipermercado
El autor permanece unas horas encerrado en uno de esos no lugares que, en 1992, el antropólogo Marc Augé definió como esos espacios intercambiables donde el ser humano permanece anónimo







