Hubo un tiempo en que comerte unas albóndigas no generaba en ti el deseo de comprar una estantería Billy. Treinta años, de hecho. Fue un 6 de mayo de 1996 cuando la nave nodriza Ikea aterrizó entre nosotros y la onda expansiva extraordinaria no se hizo esperar. Era fácil, limpio, joven y barato. Y había (en teoría) muchas posibilidades. Hubo quien iba, en esos primeros tiempos, a Ikea para ver ideas. Entraba a sus tiendas y salía sin comprar nada, con los ojos y la cabeza llena de ideas. Duró poco ese salir sin comprar. Un dato. Un 6% de los catalanes nacidos en estas tres décadas fueron concebidos en camas de Ikea. Si eso impresiona, y, volviendo al tema de las albóndigas del restaurante sueco inserto en las instalaciones, aún hay que saber que se han servido e ingerido 8,7 millones de albóndigas, de tal modo que si se apilara una albóndiga sobre otra (y sobre la otra, la una) podríamos construir una torre de 60 kilómetros de altura.En años, si no meses, La Garriga pasaría a ser nuestro Detroit –antaño fuerza industrial, hoy erial de naves abandonadas y votante de MAGA–, casi nuestra zona cero del mueble. Aún se puede ir a La Garriga a comprar muebles, por supuesto, del mismo modo que puedes llevar a tus hijos a los caballitos. Entendámonos: ir a Ikea es Port Aventura, Tinder, el Primavera Sound, el juego del Monopoly de la decoración.Un 6% de los catalanes nacidos desde 1996 fueron concebidos en camas de IkeaNo es cuestión de romantizar la compra de mueble de antaño porque, mucho antes de Backrooms, entrar en una tienda de muebles era una experiencia extraña. Una suerte de arca de Noé: había de todo, sí, pero solo dos (o cuatro) ejemplares de cada especie y reunidos por camadas. En su interior se sabía de seres que parecían vivir allí. Los llamábamos vendedores. Alguien que quería tu dinero, pero, presuntamente, no a cualquier precio. Al entrar, sonaba una campanilla en la tela que les avisaba, como a las arañas. Si estaban atendiendo a otras personas, mantenían la calma pero te estaba pesando y midiendo. Calando. Mirones o compradores. Frescos o cansados. Efectivo o a plazos. Nos dejaban deambular por sillones, camas, lámparas y pupitres de domicilios de nadie, aspiracionales, hasta que el león saltaba sobre nosotros y ya no había nada qué hacer. Preguntaba, callaba reflexivo ante nuestra respuesta, nos hacía sentar y mientras dibujaba, sumaba y restaba, confeccionaba esa pieza para toda la vida porque todos los comedores felices se parecían, pero todos los comedores infelices lo fueron a su manera.El mensaje para redecorar tu vida funcionó. Vaya si lo hizo. A lo bestia. Por eso estar en Ikea es como estar en casa. En la casa de tus amigos, en cualquier casa y en casa de cualquiera. Si no fuera por ese monolito negro y alienígena que aún reina en casa de tus padres, creerías que, desde el principio de los tiempos, solo hubo un mundo y ese mundo fue Ikea.Es importante venirse con calzado cómodo porque Ikea agota. Quizás sea a causa de tener que seguir un itinerario prefijado, aliviado con dos o tres atajos, que parecen más trampas para hámsteres que otra cosa. O quizás te agota la gente, andar entre ellos, darte cuenta de ver a tantos –como tú, creyéndose distintos– desesperados por encontrar cosas, decorar su vida, hacerla práctica y funcional. O agota la certeza de saber que la magia nunca llega a casa: se queda en el maletero de tu coche o quizás no llega a salir ni de la tienda. El arco que va desde tu deseo a disfrutarlo. La certeza decepcionante que tampoco esta vez será suficiente. Quizás sea eso lo que más agota.Al cansancio de piernas y gemelos se suele engañar con una inesperada voluntad de comprarte sofás y sillones y, en casos extremos, camas y futones. Pero no puedes estar mucho tiempo sentado o tumbado sin que los Ikettes sospechen. Otra opción es entrar en el departamento en el que uno de ellos te confecciona un mueble a medida. Mientras eso pasa, estás sentado, lejos de sospechas y mirando una pantalla que no sea la de tu móvil. Yo, en seis horas que ya llevo aquí, me he diseñado un comedor, un dormitorio de trillizos y una cocina. Creo que el diseñador me ha calado, porque el hueco del lavaplatos ya lo ha dibujado con mala hostia.Paso por quinta vez por la cafetería sueca, departamento Click & Collect, el melancólico “Últimas unidades”, en las que se muestran aquellas piezas que desaparecen de su gama para siempre y que tiene algo de cuando, a las cinco de la madrugada, encienden las luces en la discoteca y los que quedan, nos miramos con asco y piedad. No estaba mal el propósito de Ikea. Cambiarnos cada poco tiempo nuestro entorno y romper con la idea de vidas para siempre. Con lo que no contaban es que ahora puedes cambiar de muebles, pero no puedes tener una casa.
Perdido dentro de un armario por montar
El autor permanece unas horas encerrado en uno de esos no lugares que, en 1992, el antropólogo Marc Augé definió como esos espacios intercambiables donde el ser humano permanece anónimo









