Actualizado Lunes,

agosto

00:04Desde la cubierta de la nao San Juan, mientras un herrero acorta las cadenas que ajustar�n los obenques, se perfila la bocana de la bah�a de Pasajes por la que durante casi tres siglos miles de marineros vascos partieron a la caza de las ballenas. Ni�os de ocho a�os embarcados como grumetes junto a curtidos arrantzales, arponeros, pilotos, contramaestres y capitanes se convirtieron en las tripulaciones m�s envidiadas del mundo. Hacia la tierra nueva de la actual Canad�, la �ltima semana de junio part�a una veintena de grandes embarcaciones que, dotadas de media docena de txalupas, perfeccionaron la caza de monstruos marinos de hasta 80 toneladas. Como Moby Dick. La ballena blanca que Herman Melville convirti� en 1851 en leyenda de los libros de aventuras mantiene una deuda con Pasaia. �La historia protagonizada por nuestros antepasados sobrepasa cualquier relato de ficci�n�, alerta Xabier Agote, el carpintero de ribera que ha obrado el milagro de unir el siglo XVI con el XXI bajo la m�gica sombra de una fascinante nao ballenera.La pasarela que une el embarcadero de Pasajes de San Pedro con la nao San Juan es un puente entre cinco siglos de historia. El olor a pez asciende entre los tablones de abeto del casco y envuelve el viaje en el tiempo. Casi en el mismo lugar, pero en el a�o 1563, los armadores Miguel de Veroiz y Joanes de Portu se felicitaron al ver c�mo su barco se deslizaba hasta el agua. En el puente de mando, el capit�n Ramos de Arrieta sonre�a. �l hab�a sido el constructor de lo que hoy ser�a un cohete espacial, debido a la complejidad tecnol�gica que entra�aba hace 500 a�os ensamblar las naos con las que Espa�a se convirti� en la mayor potencia naval durante siglos.�Pasajes era el Cabo Ca�averal de hoy, el gran astillero de una costa cant�brica especializada en diferentes embarcaciones. El 80% de las naves construidas en los astilleros vascos permitieron a la Corona de Espa�a la conquista de Am�rica. Adem�s, estos barcos fueron fundamentales para el comercio de lana con el norte de Europa y para la caza de la ballena en las costas de Canad�, constata el capit�n Agote, alma m�ter de un fascinante proyecto con el que pretende recuperar la construcci�n tradicional de barcos de madera y la memoria de miles de pescadores, mercantes, carpinteros, herreros y rederas que la enriquecieron con su sacrificio durante siglos.La San Juan original, como el resto de balleneros vascos, abandonaba el abrigo natural del puerto de Pasaia la �ltima semana de junio para, durante seis duros meses, cazar ballenas en las fr�as aguas de la isla de Terranova y de las costas de Labrador y Qu�bec, en el continente americano. Agote –camisa de cuadros, pantal�n de carpintero– alucina cu�ndo rememora la llegada anual de los barcos vascos hasta los confines m�s pr�ximos al �rtico. �Navegar all� era aterrador�, advierte. Los marinos vascos se mov�an en un mar de hielo, sin cartas de navegaci�n y entre icebergs amenazantes que se escond�an en la muy densa niebla que genera el choque de la corriente fr�a del �rtico con la c�lida del r�o San Lorenzo.Detalle de la bodega de la embarcaci�n, construida con t�cnicas del siglo XVI.Pero la caza de ballena y el comercio con su grasa eran una rentable actividad que los balleneros vascos ense�aron al resto de las flotas pesqueras del mundo y que, a trav�s de los ingleses, se extendi� en Estados Unidos para quedar inmortalizada en la vengativa persecuci�n de la ballena blanca por el capit�n Ahab. �Por all� resopla!�La fama de los vascos como cazadores de ballenas se multiplic� cuando el explorador y navegante Willem Barens anunci� que en las islas al norte de Noruega hab�a muchas ballenas�, narra Agote. Armadores ingleses, franceses e incluso noruegos intentaron contratar a tripulantes vascos que ya hab�an demostrado en Canad� su pericia y capacidad tecnol�gica para rentabilizar una grasa de ballena cotizad�sima en Europa tanto como combustible como para eliminar la lanolina de la lana virgen, lo que facilitaba su tratamiento como materia prima para el comercio textil. Distribuidos en cinco o seis txalupas con un arponero, cinco o seis remeros y un timonel, los balleneros vascos acosaban a cada animal hasta clavarle sus arpones. Las diminutas embarcaciones eran arrastradas �a la velocidad del galope de un caballo� mientras se estiraba la maroma de hasta 200 metros de longitud que un�a el destino de la ballena al de los intr�pidos cazadores.El barco, que fue botado en noviembre de 2025, en el muelle de Pasajes.Herman Melville, el escritor norteamericano que bas� su novela en el hundimiento del ballenero Essex en 1820, reproduce el mismo sistema de acoso y caza que los vascos ejecutaban con maestr�a dos siglos antes. �Muchas tripulaciones envidiaban a los vascos porque eran los m�s eficientes; ten�an muy buenos barcos, el mejor equipamiento y un sistema cooperativista de las ganancias que incluso permit�a a cada marinero invertir parte del dinero en su barco�, constata el tambi�n presidente de la Fundaci�n Albaola. As� que, de alguna manera, Melville, el capit�n Ahab y los balleneros de todo el mundo son deudores de la revoluci�n tecnol�gica con la que vascofranc�s Joannis de Sopite hizo aumentar los beneficios de la caza de ballena.Hasta el siglo XVII, las tripulaciones de balleneros arrastraban sus capturas hasta la costa, en la que cada temporada de pesca habilitaban hornos para fundir la grasa de la ballena y transportarla despu�s en toneles. Cada barrica con 220 litros de grasa de ballena se cotizaba por encima de los 7.000 d�lares de 2018, seg�n estimaciones realizadas por National Geographic. �Una campa�a exitosa de ballena permit�a amortizar la inversi�n realizada en la construcci�n de un barco�, apunta Agote. La alt�sima rentabilidad explica por qu� las tripulaciones inglesas y noruegas vetaron a los balleneros del norte de Espa�a en las islas descubiertas por Barens. Joannis de Sopite, natural de Ciboure, localidad vecina de San Juan de Luz, logr� convertir un buque de madera –precisamente, con la grasa como combustible– en una factor�a flotante. Melville reprodujo en uno de los cap�tulos de su novela la delicad�sima tarea de quitarle la piel a una ballena de 80 toneladas amarrada a los costados de un barco de vela en alta mar.Dos herreros trabajan en el astillero.Con sus bodegas llenas con 1.000 barricas de la preciada grasa, la nao San Juan se hundi� tras una tormenta en el verano de 1565 en Red Bay. Era la bah�a canadiense a la que acud�an los balleneros vascos en los siglos XVI y XVII. S�lo hab�an pasado dos a�os desde el final de su construcci�n y el barco, semienterrado en el lecho oce�nico, permaneci� en el olvido hasta que la investigadora Selma Huxley encontr� las primeras pistas en los archivos de O�ati (Guip�zcoa) con ayuda del p�rroco local. Casi m�s providencial fue el hallazgo de la p�liza del seguro del San Juan en la Chanciller�a Real de Valladolid.Arque�logos subacu�ticos de Parks Canada localizaron el pecio en 1978, lograron montarlo casi �ntegramente y elaboraron un detallado estudio que ha permitido a Agote construir una nao id�ntica a la malograda a modo de homenaje. La nueva San Juan est� amarrada desde el pasado 7 de noviembre de 2025 en Pasajes mientras un equipo de 40 profesionales, que cuenta con el apoyo de cientos de voluntarios y simpatizantes, ultima el montaje del barco. En estos momentos remata la instalaci�n de la arboladura (m�stiles y velas) el ancla y la motoner�a. En oto�o, a�n sin fecha, la nao permitir� el acceso a los visitantes para, con la proa apuntando a la bocana del mar Cant�brico, viajar en 2027 a la caza imaginaria de ballenas como Moby Dick.Miniatura en madera de la nao ballenera en la Albaola Itsas Kultura Faktoria.El sue�o por recuperar la cultura, historia y el oficio de la construcci�n de barcos de madera llev� a Xabier Agote a formarse como carpintero de ribera en el Museo Mar�timo de Maine (Estados Unidos). Antes, siendo un ni�o, Agote encontr� en el viejo puerto de pescadores de San Sebasti�n su pasi�n por el mar. Desde finales de los 90 del siglo pasado, Agote ha liderado proyectos para construir y recuperar nav�os de madera. Pero fue en 2014 cuando se embarc� en una colosal aventura que hoy se llama Albaola Itsas Kultur Faktoria (en castellano, Factor�a Cultural del Mar). Por cierto: el t�rmino albaola (lugar de aprendizaje) se hab�a perdido en el euskera moderno, pero fue rescatado por los investigadores canadienses que estudiaron la presencia de los pescadores vascos en sus costas. Agote, polifac�tico y alma m�ter del proyecto, ha logrado que el astillero de la Fundaci�n no se detenga tras la botadura del San Juan. Que es, a la vez, el espacio ideal para conocer la historia de la caza de la ballena y para observar el duro trabajo de artesanos treinta�eros en fraguas incandescentes y en el lijado a mano de los enormes troncos que completar�n la arboladura.Cuando a�n faltan casi dos a�os para el comienzo de su traves�a, Agote sonr�e al comprobar el �xito de la idea de incorporar a un cocinero a su expedici�n. 40 aspirantes esperan ser el elegido para estrenar las parrillas situadas en el casco de madera del San Juan. Mientras se completa la tripulaci�n, el astillero Albaola no se detiene. Hugo Almonacid, maestro de ribera de Calbuco (Chile), examina cada tabl�n del Ozentziyo, el �ltimo atunero de madera del puerto de San Sebasti�n. Almonacid es uno de los tres oficiales de carpinter�a que trabajan en la arboladura de abeto del San Juan y en la rehabilitaci�n del Ozentziyo. Fabric� con sus manos una de las tablas en L que une el costado y el espejo del San Juan, que nunca habr�a imaginado pese a su dilatada experiencia en Chile, una de las mayores canteras mundiales de los maestros de ribera. �Es maravillosa la precisi�n hasta el m�s m�nimo detalle y el respeto al proceso de construcci�n de una nao de hace 500 a�os�, pone en valor el carpintero chileno.David Correa, gallego de Vigo, decidi� con 19 a�os viajar en bicicleta hasta Toledo para conocer al maestro forjador Ram�n Recuero. Atr�s dejaba un Bachillerato a medias. Ya asentado como profesor, mont� una escuela itinerante de herramientas a bordo de una furgoneta. �Quise aportar mi granito de arena, pero para formar a chavales que ten�an mucha ilusi�n en hacer herramientas�, recuerda. Correa se enrol� en el proyecto cuando Agote le asegur� que todo el barco se har�a con t�cnicas tradicionales, incluido el soldado a calda en una fragua que se alimenta con carb�n. �Con procesos modernos se hace m�s r�pido, es mucho m�s barato y sufres menos. Pero al utilizar t�cnicas antiguas volvemos a recuperar un conocimiento que se hab�a perdido y que ahora ya permanecer� para siempre�, explica mientras contempla una de las cinco anclas que la nao ballenera utilizar� no s�lo para detenerse, sino tambi�n para maniobrar en la traves�a que le llevar� hasta las fr�as costas del noreste de Canad�.