La noche del gran apagón, cuando todavía no sabíamos lo que iba a durar aquello, recibimos en el grupo, cuando volvió la cobertura, un mensaje de la presidenta, Cristina: “anexo a Moby Dick”, con fotos de la parte final de la novela. El anexo está en la mayoría de las ediciones, y es un glosario de términos marineros —“torrotito”, “sobrejuanete”, “chinchorro” o “grímpola” son algunos de mis favoritos, por cómo suenan— que ayuda a la lectura y lleva a la imaginación por los siete mares.
Qué paz de espíritu hay que tener, me dije, para estar pensando en este vocabulario en medio del caos y la ansiedad. Pero rápidamente me acordé de que yo mismo había escrutado este anexo durante otro momento de agonía: fue en la pandemia cuando, en pleno agobio, iba y volvía a esta novela. La concreción de los términos y el misterio que guardaban me daban una tregua.
Siempre me han gustado los barcos y el mar. Pese a que la explotación de la costa ha alejado este mundo de la mayoría de bolsillos, y ha reservado las aguas a la exuberancia de los superyates. El rugido de los motores nunca me ha interesado mucho. El silencio de las velas y el crujir de la madera, o solo ver de lejos su silueta, lleva a un imaginario imposible: los oficios que se pierden, con todo su vocabulario y gestos, las aventuras de quienes en su momento fueron considerados como astronautas —como el Erebus, el Terror y otras grandes naves de exploración—, o la vida alternativa de los marineros solitarios a partir de los años sesenta.






