“Frente a la Torre de San Sebastián, tuvimos que recoger a la mayor parte de su tripulación, lo que elevó nuestro contingente a 1.400 hombres hacinados en un navío en mal estado. Nuestra situación empeoraba por momentos, la mar se enfureció y ya no era posible maniobrar ni entenderse en medio de la gran confusión que reinaba a bordo”. Así relató el timonel del buque francés Indomptable, Michel Maffiotte, el naufragio de su barco cerca de El Puerto de Santa María (Cádiz), tras la dura derrota de franceses y españoles en la Batalla de Trafalgar, en 1805. De los casi 1.500 marineros que llevaba a bordo, solo se salvaron él y otros 143.

Su relato fue recogido por el biólogo y escritor Sabino Berthelot en su obra Historia Natural de Canarias. Pero en la gran mayoría de los casos, los buscadores de barcos hundidos no cuentan con testimonios tan precisos que permiten ubicar los pecios. Ahora, la inteligencia artificial (IA) se está convirtiendo en un valioso aliado para encontrar esos restos de naufragios.

El Indomptable es solo uno de los muchos barcos hundidos desde que el hombre se adentró a navegar los mares. Según la UNESCO, océanos y lagos del planeta albergan más de tres millones de naufragios, pero solo se conoce la ubicación del 10%. Del resto, nada, o muy poco. Además de su interés histórico, arqueológico y ambiental —está bien documentado que pueden convertirse en excelentes hábitats para la vida marina, actuando como arrecifes artificiales—, los naufragios no solo se llevan consigo al fondo del mar tesoros e historias como las del timonel Maffiotte. Los naufragios también pueden ser una fuente importante de contaminación de los ecosistemas marinos como consecuencia de los propios materiales con los que se construyeron los pecios y los posibles derrames de combustible residual, municiones y metales pesados corroídos.