De lejos, la imagen es muy poderosa y sorprendente: un gran velero varado se mantiene sobre las rocas en un precario pero prodigioso equilibrio escultórico en la bahía de Xàbia guarnecida por el cabo de Sant Antoni. De cerca, la quilla bien falcada en la piedra bañada por el mar desvela el misterio de la estabilidad de este barco de 19 metros de eslora que permanece encallado desde el pasado 24 de julio en la costa de la turística población alicantina.
Aquel día, hubo una fuerte tormenta, con olas de tres metros. El velero de bandera polaca estaba amarrado a una boya en la cala del Tangó, dentro de la reserva natural del cabo que prohíbe el uso de anclas para proteger sus praderas de posidonia oceánica, pero no resistió los embates del oleaje y se liberó. Navegó a la deriva, sin tripulación, hasta que se topó con la duna fósil del frente marítimo, formada por piedra tosca que hace 100.000 años era arena de playa. Y allí se quedó en el primer Montanyar de Xàbia (nombre oficial en valenciano; Jávea, en castellano) y allí permanecerá por lo menos un mes más por la gran dificultad para reflotarlo.
Desde entonces, se ha convertido en el nuevo atractivo turístico de un municipio que multiplica en verano por cuatro o cinco su población de 30.000 habitantes. “En los primeros días, había colas para hacerse selfis con el velero. Ahora, la gente se ha acostumbrado. Se empieza a ver como algo normal”, comenta Nico Ardal, que trabaja en el chiringuito Maraki Beach con vistas privilegiadas al velero. “Vimos al propietario entrar a coger sus cosas y salir del barco”, añade.







