La réplica de la embarcación original, que se está ultimando en Guipúzcoa y navegará hasta Canadá, recupera los oficios de la época, desde la herrería hasta la cocina. Del 14 al 17 de mayo se celebrará el Festival del Mar en Pasaia, y se podrá visitar por primera vez la nao San Juan en el agua
Poco espacio. Trabajo duro. Clima implacable. Desconexión familiar. En los barcos balleneros de la época medieval no cabía la delicadeza ni había tareas livianas. Lo que había eran labores de riesgo, largos periodos de hacinamiento y altas tasas de mortalidad. A mediados del 1500, la travesía desde los puertos vascos hasta las costas de Labrador y Terranova —en lo que hoy es Canadá— podía durar ca...
si dos meses si el viento no acompañaba. La faena era exigente y las herramientas, peligrosas. Nada era cómodo a bordo. Y la cocina, tampoco.
Alimentar a cuarenta hombres cada día en esas condiciones extremas tenía su miga. Sobre todo, por la planificación y el control de la despensa. Había que racionar los víveres para evitar el desabastecimiento, combinarlos con gracia para combatir la monotonía, saber que los productos frescos se agotarían en los primeros días de viaje y contar con que en cada singladura habría menos cantidad y variedad de alimentos. Cocinar a bordo de un ballenero exigía imaginación tirando de conservas, temple ante los marineros —que se hidrataban a base de sidra— y pericia con un fogón rudimentario sometido a los caprichos del clima.






