Nuestro hombre merecería una estatua porque es, sin duda, uno de esos seres que proporcionan momentos de felicidad incuestionable a sus conciudadanos, aunque podría decirse que ya la tiene. Rafael Ribera, arquitecto, ideó el parque Gulliver para el cauce del Turia, en Valencia, donde situó al personaje de Swift tumbado en la tierra, inmerso en el sueño de los náufragos, atado mientras dormía por los diminutos habitantes del reino de Liliput. Este parque singular recibe al año una cifra aproximada de un millón de liliputienses, niños valencianos o de otros reinos, afanados en trepar por laberintos y deslizarse por toboganes que recorren al gigante de 70 metros de largo. Nuestra conversación transcurre así, a punto de precipitarnos por un brazo del náufrago. Ribera eligió a Gulliver para su parque soñado porque el personaje de Jonathan Swift contiene dos lecturas: la que entusiasma a los pequeños y la que supone para los adultos toda una reflexión política sobre la vanidad y la imposibilidad de los hombres para ejercer el poder sin corromperse. Gulliver sigue vigente en este año en el que se cumplen tres siglos de su nacimiento como héroe literario, y qué decir de nuestro Gulliver valenciano, entusiasmando a varias generaciones de niños desde 1990.La creación del parque tiene en sí una épica fascinante porque la idea de Ribera no encontró el apoyo municipal que él esperaba. Su proyecto contaba con un maestro fallero, Manolo Martín, que construiría el muñeco, y con el dibujo de Sento Llobell. El rechazo venía por la incomprensión que provocaba que el arquitecto hubiera elegido un personaje anglosajón, como si la fantasía entendiera de fronteras. Finalmente, a pesar de la estrechez de algunas mentes, este equipo de irreductibles soñadores consiguió que Gulliver descansara en tierra valenciana. La mejor perspectiva es la que se disfruta si una llega a Valencia por avión. Impresiona. Hoy todo el mundo se apunta el éxito, y hasta hay quien planea la construcción de alguna réplica del personaje. Pero Ribera no cree que reproducir su proyecto sea la solución para una ciudad que, como todas, ignora a los niños. A los niños, a los viejos, a las mujeres, que suelen conformar el batallón de cuidadoras. La ciudad de hoy obedece a facilitarle la vida solo a un 15% de su población. No sean enfadicas, señores míos; las urbes, lo dice nuestro arquitecto, están diseñadas para varones productivos y motorizados. El resto habitamos, a menudo resignados, “la ciudad del olvido”. Y al niño le concedemos una libertad condicional que acaba en el bordillo de la acera. Dice Rafael Ribera, popularmente conocido por sus alumnos como Rafa (su bonhomía le concede ese diminutivo), que el activismo lo instruyó como ciudadano. Una inquietud social que creció al mismo tiempo que la formación académica: “Yo les digo a mis alumnos que un arquitecto que solo es arquitecto nunca será bueno”. El arquitecto Rafael Ribera posa delante del coloso Gulliver. KIKE TABERNERVista del parque Gulliver situado en el antiguo cauce del río Turia en Valencia. KIKE TABERNERNiños (y algún adulto) juegan en las extremidades de Gulliver. KIKE TABERNERUn Gulliver a escala humana en el parque valenciano. KIKE TABERNEREn 1974, de estudiante recién casado, se fue a vivir a la Malvarrosa, barrio con tradición reivindicativa, y recuerda con una sonrisa que cuando iba un operario del Ayuntamiento a izar la banderita roja para advertir del peligro de oleaje, un grupo de vecinos, que cada vez se fue haciendo más numeroso, cantaba en un susurro La Internacional. Allí se fue nutriendo de experiencia vecinal para entender que el arquitecto jamás debe ignorar las necesidades de los usuarios. Valencia es esa ciudad compleja donde a un lado se encuentra un poder abusivo y al otro una ciudadanía resistente. Recuerda Ribera los hitos de esa rebelión ciudadana: las defensas del cauce del Turia, El Saler y el Cabanyal. Si los vecinos no se hubieran plantado la ciudad sería una urbe atravesada por autopistas con entrada al mar. ¿Qué ocurre ahora, estamos menos implicados? “Bueno, hay menos resistencia porque el poder nos tritura, y eso que hay muchas razones para alzar la voz. Las ciudades no están preparadas para lo que se nos viene encima. En tiempos de Carmen Alborch comenzamos a idear las vías verdes, esos caminos que pretendían conectar unas zonas verdes con otras para que la gente pudiera gozar de paseos protegidos por la sombra y el arbolado. Refugios climáticos. Son medidas relativamente baratas, pero necesitan de una ética y un compromiso. ¿Qué ocurre? Que esa ética no se enseña, es algo que me irrita muchísimo. ¿Por qué hay Ética en la Facultad de Humanidades y no en el Politécnico si de nosotros dependen tantas actuaciones públicas? Estamos en un momento en el que debemos comprometernos con los que tenemos al alcance de la mano. A estas alturas de mi vida quiero emprender una campaña a favor de la enseñanza de la ética. Vivimos una doble deriva, una nos lleva a lo peor, porque van ganando los que debieran perder. Acabarán derrotados, pero por el camino destruirán tanto que costará mucho recomponer lo perdido. Una gran ventaja de llegar a mi edad es que ya lo has sido todo, niño, joven, pareja, padre, ‘ha recorrido mi amor toda la escala social’ [se ríe], decía el Tenorio. Él se refería a las amantes, yo a la comprensión de los otros. ¿Para qué hacerse viejo si no es para entender las otras edades de la vida?”. De la mano y algo torpes, descendemos del Gulliver, saliendo como de un sueño que nos hubiera permitido por un rato regresar a la infancia.
Rafael Ribera, héroe urbano
Descendemos de un Gulliver como el gigantesco que el arquitecto levantó hace más de 30 años en Valencia








